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Leo en el diario que España pide endurecer las leyes contra los inmigrantes ilegales en la Comunidad Europea. Y lo primero en lo que pienso es en un muro, uno gigante que no les permite recordar su historia.

Este tema de la inmigración es sumamente preocupante. Mucho más cuando desde un gobierno supuestamente “socialista”, como dice ser el de Zapatero, su ministro del Interior sale a promover esta indiscriminada “caza de inmigrantes”. Sospecho, tristemente, que detrás de todo esto hay un motor que los impulsa: la xenofobia, practicada hasta la perfección en sus aeropuertos internacionales.

El gobierno español, así como otros de la UE, parecen haber olvidado que en otro tiempo las cosas fueron distintas. En sus tierras hubo pobreza y guerra. Muchos tuvieron que escapar con los bolsillos vacíos y las valijas cargadas de sueños y esperanzas. Y aquí, en la Argentina, tuvieron un lugar.

Por ejemplo, en mi barrio, como en tantos otros, uno se criaba rodeado de personas que hablaban con un acento diferente, característica que los hacía particularmente simpáticos, y que jamás abandonaron.

Recuerdo a Doña Turila, una italiana tan petisa que apenas se la veía detrás del mostrador de su almacén. Refunfuñaba cuando le pedían las galletitas “Junglas” o las “Palmeritas” porque esas latas, hermosas y coloridas, estaban en los estantes más altos.

En la esquina vivía “Don Nicola”, el vecino más solitario y misterios de la cuadra. En torno a su procedencia se tejían diversas hipótesis. Algunos decían que había escapado de alguna guerra, otros, en cambio, juraban haberlo escuchado hablar de una mujer que todavía lo esperaba. Sin embargo, estas versiones eran poco creíbles ya que apenas si pronunciaba dos o tres palabras, lo demás eran intentos fallidos. Nicola se reía mucho cunado nos saludaba, “hola” era la palabra que mejor le salia, pero en aquellos ojos había algo del pasado, algo de locura, de miedo y tristeza, como viejos fantasmas que siempre lo perseguirían aunque tratara de esconderse.

Otro gran grupo que llegó en oleadas fue el de los españoles, o llamados cariñosamente “Gallegos”, eran muchísimos pero no tengo demasiados recuerdos porque ellos se desenvolvían en ámbitos de personas mayores: bares, zapaterías carpinterías, etc. Algunos de ellos, ahora son nuestros abuelos.

Creo que el derecho a elegir que camino tomar, adonde buscar un futuro mejor, debería formar parte de los derechos humanos porque en definitiva, no es más que una expresión de libertad y deseos de progreso, una búsqueda constante desde aquel hombre de las cavernas hasta el día de hoy.

¿Qué pasará en los próximos años si esta crisis alimenticia mundial se prolonga? ¿Nos encerraremos entre muros?, ¿nos descubriremos al fin hermanos o seguiremos tratando de salvar primero nuestro pellejo?.

Las Manos

Hay manos traicioneras,
manos sin memoria,
manos que han vendido hasta sus ideas,
ahora se mueven en tenebrosas oficinas,
forman alianzas, cuentan billetes,
pobres manos vacías.

Hay manos crueles,
manos manchadas de sangre,
como las de aquel dictador chileno,
manos asesinas que ahora lanzan misiles.

También las hay dignas,
no se callan ni se esconden del frío,
manos castigadas que reclaman lo suyo,
manos del trabajador.

Pero nada como tus manos,
cuando vuelvo del abismo,
tan pequeñas y tan fuertes,
descubren donde traigo las heridas.

Y hay manos libres,
lo dieron todo por un sueño,
hoy son de fuego,
ya se han vuelto inmortales.

A nadie le debería quedar dudas. Si acaso alguna vez no alcanzó con la desaparición de Julio López, ahora con lo ocurrido a Juan Puthod las sospechas deberían dar paso a una tardía certeza: los lobos nos siguen cazando.

Cuando hace 32 años la máquina asesina de la dictadura militar argentina estaba en su esplendor, Juan Puthod, por entonces de 16 años de edad, fue secuestrado y torturado en varios campos de concentración durante un período de tres meses; posteriormente a su desaparición, fue puesto preso durante seis años hasta quedar en libertad el 9 de Julio de 1981. Como consecuencia, además de los imborrables tormentos que lo acompañarán por siempre, sufrió la perdida de visión en su ojo izquierdo.

El pasado Martes 29 de Abril, Juan Puthod, titular de la Casa de la Memoria del partido de Zárate, Provincia de Buenos Aires, caminaba como cualquier otro día rumbo a la pequeña radio en la cual conduce un programa sobre derechos humanos, hasta que fue interceptado y secuestrado por segunda vez en su vida. Dos hombres lo encapucharon y se lo llevaron a los golpes en el interior de un automóvil. Luego de 27 horas de cautiverio, fue liberado.

Según el propio Puthod, estos secuestradores están directamente vinculados con la policía y no deja de asombrale la tranquilidad con la que se manejaban y el mensaje final antes de liberarlo: “Vos no entendiste nuestro mensaje”, “Vos morís o vivís si nosotros lo decidimos”, “Vos no entendiste todavía que la vida de ustedes está en nuestras manos”, “Nosotros te cuidamos, nosotros te secuestramos”.

Creer que este hecho es algo aislado y que no forma parte de un plan que comenzó el 18 de septiembre de 2006 con el secuestro de Jorge Julio López (todavía desaparecido), sería de una inocencia preocupante. Los lobos, aunque debilitados, viejos y nostálgicos, siguen allí; relamiéndose en la oscuridad, acariciando viejos recuerdos, alimentando las vanas esperanzas de un minúsculo sector de la sociedad.

Poesía relacionada: Los días sin Julio

A veces, pensar que el mundo vaya a cambiar parece ser una utopía que solo se atreven a imaginar los locos, los que piensan que no habrá más coches bombas ni bombardeos preventivos ni hambre ni pobreza. Ciertamente, a veces esta idea se parece a una locura, un mundo demasiado lejano del que tal vez, por ahora, ni siquiera seamos dignos…

Hace poco vi un documental acerca de la vida y la obra del poeta argentino, Juan Gelman. En un tramo del video, Gelman reflexiona sobre las luchas a lo largo de la historia y se declara en contra de los que hablan sobre el fin de la utopía. Dice que “a lo mejor, la función de la utopía es su fracaso, para dar paso a una utopía mejor”. Y continua “no se puede recortar la capacidad de soñar en la personas, la voluntad de un cambio”, “podrá pasar un tiempo en el que todo eso no aflore, un período más corto o más largo, pero al final terminará aflorando”.

Recuerdo estas palabras y pienso en aquel Mayo francés, cuando se enarbolaba la consigna: “La imaginación al poder”, “seamos realistas, logremos lo imposible”. Pienso en aquella Cuba, tal vez la única utopía todavía en pie. O aquí más cerca, la crisis Argentina del 2001 cuando el pueblo reclamó una renovación de la dirigencia política…

Yo creo que otro mundo es posible. Estoy allí casi todas las noches, antes de que el cansancio y el sueño me lo arrebaten. Lo descubrí por casualidad, como quien se desvela y necesita pensar en cualquier cosa para dormirse. Pero con el tiempo se me fue convirtiendo en una costumbre necesaria. Y es en días como estos, tan manchados de sangre, tan difíciles de respirar, cuando me quedo más tiempo de aquel lado, ultimando detalles, encarcelando asesinos, destruyendo las últimas armas.

Sin embargo estas historias son producto de mi fantasía, un intento por mantener con vida el débil fuego de la esperanza, una lucha contra el andar de la realidad inexorable.

Yo no sé si un verdadero mundo mejor es posible. Quizá la locura sea la solución, que ella se transforme en una epidemia y que nadie se atreva a intentar sanarnos.

Estos nombres pertenecen a los niños Palestinos asesinados en el día de ayer como consecuencia de un ataque militar del ejército israelí en la Franja de Gaza. Los cuatro hermanos, de edades entre los 5 años y los 15 meses, murieron mientras se encontraban desayunando junto a su madre, Miassar, también victima fatal de las explosiones, y otros dos hermanos que sobrevivieron con graves heridas.

En días así, sólo un deseo:

Quédate Lejos

Aleja tus manos de plomo,
siéntate en las sombras,
en el suelo de tu conquista.
Mira en lo que te has convertido,
lo que has hecho con mis pobres hermanos.

Tu poder se acabará en la mañana,
la libertad hará caer tu corona,
esta es tu última noche,
la última tempestad en el mundo.

Mañana corre,
huye de todo lugar conocido,
cuando la lluvia escampe
y el cielo se despeje,
buscarán tu rostro bajo la luz del sol.

Ahora acércate si quieres,
pero al amanecer vendrán,
todos vendrán,
de la tumba, del cielo, del mar,
el niño, el amor, la paz.

Cenizas

Ya no se podía volver atrás,
una mañana despertaron
y ya no eran los mismos,
algo de ellos se había escapado mientras dormían.

Ayer, dos lobos devorándose,
cuatro paredes y un colchón,
no necesitaban nada más,
el mundo podía dejar de existir.

Ahora capitalismo salvaje,
caricias con retenciones,
bocas que cobran peaje,
saldos de besos en liquidación.

Ayer el amor sin reproches,
él le susurraba versos al oído:
“en tu vientre duerme la vida”;
ella lloraba y lo miraba tiernamente.

Ahora revuelven los cajones de la casa,
se reconocen con tristeza en viejas fotos.
El frío de una duda los atraviesa con su filo:
¿dónde fue que nos perdimos?.

Nota: Esta poesía forma parte de una trilogía conformada por “Llaves”, “Cenizas” y una tercera todavía en talleres.

Llaves

Aquella noche luchaba contra lo inevitable,
soñaba lo imposible para calmar el dolor,
imaginaba que, tras el ventanal, jamás la vería llegar,
que afuera el mundo estallaba,
que las calles se cubrían de escombros,
que ella jamás encontraría el camino hacia aquel bar.

Se sentía seguro,
sus propios delirios lo convencían.
Entonces solo bastaba contemplar la lluvia,
la marcha de oscuros paraguas,
fumar sin ninguna prisa,
beber hasta el último rastro de café.

Ya no importaba que los minutos pasaran,
se engañaba imaginándola en casa,
desarmando cajas y valijas,
preparando la cena,
preocupada porque él tardaba en regresar.

Pero como siempre sucede,
la ciudad no se detendría;
nadie se preguntará que fue de ellos,
por qué aquella mujer dejo unas llaves en la mesa y se marchó,
por qué aquel hombre sigue soñando que ella nunca vendrá.

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