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Archivo para Marzo 2008

Rebelión

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Dìa 13: En su discurso, la presidenta recalienta el conflicto. Se multiplican los piquetes y el apoyo de la sociedad a favor del campo. Los Movimientos kirchneristas y los “Caceroleros” se disputan a las piñas la histórica Plaza de Mayo.

En las aulas de los colegios se cometen las injusticias más atroces entre los propios estudiantes. Allí, el futuro ciudadano siempre ha empleado la burla, entre otros métodos de poder. Todos hemos pertenecido a tres grandes grupos: víctimas, victimarios y observadores. Y aunque algunos minimicen estas conductas discriminatorias llamándolas “Picardías de chicos”, las heridas de la niñez jamás se cierran. Así, por ejemplo, es el caso del alumno bautizado por sus compañeros como “El Gordo”, a veces acompañado por otros descalificativos como “fofo”, “tonto”, etc.

Sin embargo ese alumno silencioso, de naturaleza pacífica, un buen día explota cansado de acumular rabia. Sin previo aviso comienza a lanzar pupitres y sillas a sus mortificadores. Es entonces cuando éstos, a fuerza de espanto, comprenden el error que han cometido: subestimación. Los otros, observadores de la escena, aplauden algo contrariados por la violencia pero no por ello menos comprensivos y admirados de tal rebelión.

Por estos días, cuando parece que por fin saldremos de la actual crisis gracias al dialogo de las partes, no habría que dejar de hacer un profundo análisis sobre lo que ha ocurrido; habría que investigar acerca de las razones que impulsaron al campo a semi-cortar las rutas y llevar 15 días de paro; habría también que preguntarse con mucha preocupación desde cuando la histórica Plaza de Mayo es una zona liberada de la cual algunos quieren apropiarse a los palos; habría que preguntarse muchas cosas sobre la Democracia que conseguimos y que en estos tiempos nos cuenta tanto fortalecer.

Por mi parte, el análisis profundo lo voy a dejar para otro día, por ahora solo puedo pensar en ese chico que se pregunta mientras tiembla: ¿dónde estará la maestra?…

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Noches desveladas

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Noches desveladas

¿Quién podría dormirse?…

Es inútil intentar lo de antes cuando se tiene la certeza de que nada volverá a ser lo que era. Lo supe cuando apoyé la cabeza en la almohada y recosté mi cuerpo de perfil al tiempo que ubicaba una segunda entre mis rodillas y una tercera, la más suave, en mis brazos. Luego de un lapso indeterminado tuve que admitir que algo no estaba saliendo bien; algo molestaba la evolución del sueño, algo sutil que yo no podía apartar se escondía en las sombras del desvelo y acechaba silencioso. “Pero, ¿qué es?”, me preguntaba, “la comida fue liviana”… “no hubo café ni grandes emociones en el día”… “apenas una pequeña siesta que…” “¡pero claro, es eso!”. Ahora sí que estaba en problemas.

Aún así no debía ceder, no podía dejarme vencer por una siestita que, por lo general, no pasaba de las dos o tres horas; entonces decidí utilizar mis recursos de adormecimiento. Al comienzo fui Johnson, el mejor futbolista de la historia, que por cierto también era estrella de Rock, boxeador y hasta llegaba a ofrecer -si es que aún no me había dormido- gigantescos espectáculos callejeros atrayendo millones de fanáticos que observaban deslumbrados las proezas de aquel héroe del siglo XX. Pero aún no me dormía y mi gran personaje sucumbía al primer insignificante movimiento de mis pies, se iba junto con los rostros cada vez más borrosos de sus admiradores.

Parecía que, inexorable, el mundo real me alejaría de aquel imaginario espacio de la mente. Casi desesperado, me aferré a un delgado hilo de fantasía. Construí un mundo, llevé al máximo la inventiva y fui Dios, luego el Elegido (pero esta etapa duró poco, ya que no encontraba, para éste, cualidades más fantásticas que las del viejo Johnson). Luego creí que lo había logrado cuando, convertido en ave, las nubes rozaban mi cuerpo animal, “Estoy volando, siento el viento acariciando mi frente”. Sin embargo, lo que había estado acechando en la oscuridad, clavó sus uñas en mis alas y me arrastró a la terrible realidad que hasta esos instantes no percibía.

Cuando abrí los ojos, no me estremeció lo primero que sentí, sino lo segundo que oí: aquel viento en la frente no era otra cosa que un helado aire entrando por la ventana, absurdamente abierta de par en par. Posterior a este descubrimiento, un ruido de la calle quebrantó la noche y su silencio. A escasos metros de mi ventana escuche pasos tan claros como aterradores, luego susurros, corridas y el aceleramiento de un coche. Me dije “no hay nada que temer, lo que haya pasado ha ocurrido del otro lado de estas paredes”, “NO HA PASADO NADA”, “acá no ha pasado nada” me repetí, esta vez, con menos fe.

A continuación, lo peor: desde el otro extremo de la casa, un grito agudo cruzó el pasillo, la sala, y fue directo a mis tímpanos. Era una llamada desesperada de auxilio. El terror se apoderaba de mi raciocinio y comenzaba la pelea contra la muy insignificante probabilidad de que todo fuera sólo un sueño, una pesadilla. Pero de nada servía continuar pensando y perdiendo fracciones de segundos, “¡levántate, ahora!”, me ordené, tratando de infundirme valor. Por segunda vez escuché los gritos, que ahora venían acompañados de llantos desgarradores. De manera automática, reconocí que provenían de mi madre, “no puede ser”, pensé resignado.

Al salir de mi habitación encontré la casa destrozada. La confusión y el dramatismo dominaban la escena. Las ventanas estaban dobladas como goma; la mesa, las sillas, la puerta de calle, todo hecho pedazos. “¿Cómo fue que no escuche todo este desastre?”, “¡los tapones, esos estúpidos tapones de oreja!”. Mi cabeza no coordinaba nada, mi corazón se dilataba y mis pulmones se cerraban con cada grito de mi madre. Intenté avanzar, no pude. Mis pies parecían haberse endurecido de espanto. Al primer paso tropecé y fui a dar mi frente contra algún objeto. El golpe fue seco y estruendoso, el dolor imperceptible. No pude levantarme. Por alguna extraña razón había dejado de tener dominio sobre mis piernas. Debía cruzar los 10 ó 15 metros de la casa arrastrándome como pudiera.

Un líquido espeso y púrpura comenzó a caer por mi frente, dificultándome la visión. “Esto no puede estar pasando”, me dije, “la sangre se derrama”, “la siento caer por mi frente, pasar por mi boca, la veo en derredor, y sin embargo no existe dolor alguno”. Sin dejar de avanzar, llevé una mano hacia la herida para comprobar la gravedad. Sorprendido, hallé que todo se encontraba normal. Aún así, la hemorragia continuaba. No quería gritar, tampoco llorar, toda acción desmesurada sería inútil y agregaría más locura al asunto. Debía controlarme; lo importante era llegar a la habitación de mis padres, y ya casi lo lograba.

Cuando por fin estuve allí, inexplicablemente, pude incorporarme sin problemas. Mi madre, sentada de espaldas a mí, lloraba y profería incomprensibles palabras. Me acerqué un poco más pero continuaba inalterable en su estado, desentendida de mi presencia. Muy triste, toqué su hombro e intenté hablarle pero ella no contestó. Aferré mis manos con mayor fuerza, pero fue inútil, no reaccionaba. Caminé dos pasos más y me coloqué frente a ella. Entre sus manos descubrí un portarretratos, y en la foto, mi padre. Caí de rodillas y sujeté sus piernas. Ahora yo también lloraba, impotente hasta quedarme sordo. Ya no necesitaba comprender sus palabras . Espantado, lo entendí todo: se lo habían llevado.

Acto seguido, un zumbido desolador lo nubló todo y las imágenes desaparecieron. Entonces desperté.

La incertidumbre permanecía viva en mi estómago, subía muy dura por mi pecho y caía por mis ojos convertida en lágrimas de espanto. Saqué los tapones de mis orejas y corrí hasta la puerta de mi habitación. Abrí la puerta y los vi. Mis padres, con las camisetas de la selección Argentina, miraban la televisión. Me dijeron que había dormido como un ángel desde la siesta y que no habían querido despertarme para el partido inaugural del mundial ´78.

Las siguientes noches apenas pude dormir. Pasaba gran parte de las horas mirando por la ventana, escuchando alerta cualquier sonido. Todo había cambiado a partir de aquel sueño. Algo me angustiaba cada noche: el miedo.

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Categorías:Cuentos y Relatos

Verónica

Verónica del Mar

Verónica

Verónica es hermosa,
como una panza de noveno mes,
como un árbol de papel glasé,
es una casa con chimenea, perro y jardín,
el sueño de Jesús antes de resucitar;
pero no tardes tanto en regresar,
la vida nos lleva,
es una escalera mecánica que no tiene fin,
ya es hora de bajar.

Verónica es odiada,
es el trauma de Freud,
el corazón que Cupido no pudo flechar,
la poesía que Neruda rompió por falta de inspiración,
la batalla que perdió Napoleón;
pero no tardes tanto en regresar,
lo peor de la noche es tu voz,
las sábanas frías,
la casa vacía.

Verónica es especial,
es el milagro que la ciencia no sabe explicar,
un secreto entre dioses,
el misterio de Keops,
un rosedal en el desierto del Sahara,
la vida después de morir,
es Bush con una remera del Che;
pero no tardes tanto en regresar,
no huyas,
aparece de una vez.

Verónica es pequeña,
como un cuaderno de preescolar,
como el bostezo de un pez,
como los nudillos de un bebé;
pero no tardes tanto en regresar,
ya sabes,
la poesía acaba aquí,
basta de lápiz y papel,
vuelve pronto,
no resistiré una noche más.

Categorías:Poesías

Jorge Guinzburg

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Jorge Guinzburg Feb 3, 1949 - Mar 12, 2008

Ayer, 12 de marzo, murió Jorge Guinzburg. Fue debido a una enfermedad en los pulmones. Tenía 59 años y una admirable trayectoria como periodista y humorista, entre otras cosas.

Él era de esas personalidades de la tele que uno ve desde siempre, que son -sin darnos cuenta- parte de nuestra vida, algo así como un familiar o un amigo de la infancia. Siempre estuvo cerca: a los 15 años, a los 20, y hasta hace unos meses cuando cada día, después de despertarme, afeitarme y desayunar, miraba su programa “Mañanas Informales”. Era un empujón en esos días en los que cuesta tanto levantarse, pisar la calle, ir a trabajar…

Jorge era un buen tipo, ayudaba a crecer a los otros, uno se daba cuenta porque siempre le brindaba un espacio a los artistas jóvenes . Ayer, cuando me enteré de la noticia, se me vinieron a la memoria las palabras de Sabina cuando, refiriéndose a la muerte de Adolfo Castelo, se preguntaba: “¿Por qué los hijos de puta son longevos y los decentes no?”.

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Durante 31 años, y con la colaboración de Carlos Abrevaya y el dibujante Tabaré, Jorge Guizburg escribió los diálogos de Diógenes y el Linyera para la contratapa del diario Clarín. Este dibujo pertenece a la edición del día siguiente a su muerte.

Esperaré por ti

11-M

Esperaré por ti

Yolanda:

Aún sabiendo que esto es un sueño y que en cualquier momento despertaré, te escribo. No quiero dejar pasar la oportunidad. Es tan hermoso hablar con vos, sentarme a tu lado y que me llenes de paz el alma. Ojalá sepas cuánto te amo, aunque no lo diga, aunque ahora mismo no puedas es-cucharme; te siento tanto, te necesito tanto…

Hay quienes dicen que la vida es una fantasía, que lo verdadero aparece cuando dormimos. Si esta teoría fuese cierta, yo sería la excepción a la regla ya que nada ha cambia-do para mí: también aquí, te sigo pensando. Y aunque ahora mismo podría estar volando en un cielo azul junto a palomas de mil colores, prefiero escribirte una carta, la más hermosa, la que siempre quisiste y nunca te dí. Por eso es necesario que todavía no me despiertes, que me des un poco más de tiempo para terminarla, que no me digas, como todas las mañanas “ya está bien, ya es hora, llegaremos tarde”, y me acaricies la espalda de esa manera mientras yo me doy vuelta y le robo unos minutos más al reloj y al amor que me regalas desde temprano.

Cuánto tiempo me quedará? Es curioso, no creo haberme ido a dormir tan cansado, seguro me estaré pasando. No quisiera llegar tarde, aunque, a decir verdad, no recuerdo muy bien que día es hoy. ¿Debo trabajar?, ¿será domingo? A ver… el lunes ya pasó, eso seguro. El martes también y el miércoles mucho más, porque fue cuando fuimos hasta ese parque que tanto le gusta a Patricia. Entonces debe ser jue-ves… ¿Es Jueves?; no, no puede ser, ese día lo recuerdo con claridad:

Como siempre, nos habíamos despertado tarde y tuvimos que salir corriendo de casa. Por poco perdemos el tren, lo recuerdo muy bien. Nos reíamos a carcajadas de nuestra pereza, de las lagañas todavía en los ojos.

Aquella mañana, mientras el tren se llenaba mucho más en cada parada, yo te contaba sobre ese documental que no quisiste ver. Te confesé que desde aquel día no podía borrar de mi cabeza esos fogonazos de explosiones, esas torres cayendo como castillos de naipes, tantas vidas, tanto odio en las venas del mundo… Pero vos no querías que hablara más de esas cosas, te hacía daño tanta crueldad. Me decías que pensara en cosas bonitas, en nuestra pequeña hija, en la nueva patria que nos abrazaba como a sus propios hijos. Yo te daba la razón, te besaba, acariciaba a nuestra hija y… algo más. También recuerdo un momento, un instante en el que quise tomar tu mano pero algo pasó. Repentinamente, nos fuimos alejando, tus ojos se abrieron tan grandes que sentí terror; sin poder detenerme fui cayendo, lentamente, mientras te perdía de vista y todo se oscurecía.

Luego, no recuerdo más. Luego, sólo estoy aquí, con más ganas que nunca de despertar y volverte a ver, encontrar otra vez tu mirada pequeña y sin el temor que habíamos sentido. No sé cuánto tiempo más estaré aquí, sentado en este banco de estación.

Yolanda, el día se oscurece y se encienden las luces, de-berías verlo, parecen frágiles velas, miles de velas que lo iluminan todo. Y ahora llueve, como sólo puede llover en Madrid; como el llanto de un niño que ha perdido su juguete preferido, un niño que llora como yo, sin entender qué ha pa-sado.

Yolanda, aunque quisiera que estuvieras conmigo, algo me dice que debo seguir solo, como todos los que están aquí, soñando lo mismo, escribiendo cartas mientras esperamos despertar. Sé que entenderás, dure lo que dure. Aquí esperaré por ti.

A Rzaca Patricia (siete meses de edad) y su padre Rzaca Wieslaw ( 34 años de edad), asesinados en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. FOTO

Rzaca Yolanda viajaba con su hija y marido pero ella logró sobrevivir a pesar de las heridas.

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Categorías:Cuentos y Relatos