Yolanda:
Aún sabiendo que esto es un sueño y que en cualquier momento despertaré, te escribo. No quiero dejar pasar la oportunidad. Es tan hermoso hablar con vos, sentarme a tu lado y que me llenes de paz el alma. Ojalá sepas cuánto te amo, aunque no lo diga, aunque ahora mismo no puedas es-cucharme; te siento tanto, te necesito tanto…
Hay quienes dicen que la vida es una fantasía, que lo verdadero aparece cuando dormimos. Si esta teoría fuese cierta, yo sería la excepción a la regla ya que nada ha cambia-do para mí: también aquí, te sigo pensando. Y aunque ahora mismo podría estar volando en un cielo azul junto a palomas de mil colores, prefiero escribirte una carta, la más hermosa, la que siempre quisiste y nunca te dí. Por eso es necesario que todavía no me despiertes, que me des un poco más de tiempo para terminarla, que no me digas, como todas las mañanas “ya está bien, ya es hora, llegaremos tarde”, y me acaricies la espalda de esa manera mientras yo me doy vuelta y le robo unos minutos más al reloj y al amor que me regalas desde temprano.
Cuánto tiempo me quedará? Es curioso, no creo haberme ido a dormir tan cansado, seguro me estaré pasando. No quisiera llegar tarde, aunque, a decir verdad, no recuerdo muy bien que día es hoy. ¿Debo trabajar?, ¿será domingo? A ver… el lunes ya pasó, eso seguro. El martes también y el miércoles mucho más, porque fue cuando fuimos hasta ese parque que tanto le gusta a Patricia. Entonces debe ser jue-ves… ¿Es Jueves?; no, no puede ser, ese día lo recuerdo con claridad:
Como siempre, nos habíamos despertado tarde y tuvimos que salir corriendo de casa. Por poco perdemos el tren, lo recuerdo muy bien. Nos reíamos a carcajadas de nuestra pereza, de las lagañas todavía en los ojos.
Aquella mañana, mientras el tren se llenaba mucho más en cada parada, yo te contaba sobre ese documental que no quisiste ver. Te confesé que desde aquel día no podía borrar de mi cabeza esos fogonazos de explosiones, esas torres cayendo como castillos de naipes, tantas vidas, tanto odio en las venas del mundo… Pero vos no querías que hablara más de esas cosas, te hacía daño tanta crueldad. Me decías que pensara en cosas bonitas, en nuestra pequeña hija, en la nueva patria que nos abrazaba como a sus propios hijos. Yo te daba la razón, te besaba, acariciaba a nuestra hija y… algo más. También recuerdo un momento, un instante en el que quise tomar tu mano pero algo pasó. Repentinamente, nos fuimos alejando, tus ojos se abrieron tan grandes que sentí terror; sin poder detenerme fui cayendo, lentamente, mientras te perdía de vista y todo se oscurecía.
Luego, no recuerdo más. Luego, sólo estoy aquí, con más ganas que nunca de despertar y volverte a ver, encontrar otra vez tu mirada pequeña y sin el temor que habíamos sentido. No sé cuánto tiempo más estaré aquí, sentado en este banco de estación.
Yolanda, el día se oscurece y se encienden las luces, de-berías verlo, parecen frágiles velas, miles de velas que lo iluminan todo. Y ahora llueve, como sólo puede llover en Madrid; como el llanto de un niño que ha perdido su juguete preferido, un niño que llora como yo, sin entender qué ha pa-sado.
Yolanda, aunque quisiera que estuvieras conmigo, algo me dice que debo seguir solo, como todos los que están aquí, soñando lo mismo, escribiendo cartas mientras esperamos despertar. Sé que entenderás, dure lo que dure. Aquí esperaré por ti.
A Rzaca Patricia (siete meses de edad) y su padre Rzaca Wieslaw ( 34 años de edad), asesinados en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. FOTO
Rzaca Yolanda viajaba con su hija y marido pero ella logró sobrevivir a pesar de las heridas.
TEXTOS RELACIONADOS: No te olvides de Madrid





2 respuestas hasta el momento ↓
isabelbarcelo // 12 Marzo 2008 a 15:29
Un homenaje muy sensible e impresionante hacia las personas que perdieron la vida y a quienes sobrevivieron. Me gusta, porque el tono que has escogido es sentido sin ser sensiblero, afectuoso sin exceso de miel. Muy real, creo. Y se agradece mucho que se resalte el lado humano de la tragedia, el fijar la atención en los individuos y sus vidas truncadas para evitar que se conviertan sólo en un número y, con él, en algo abstracto. Las abstracciones no suscitan piedad. Me uno con el corazón dolorido a este homenaje.
Maximiliano Saavedra // 13 Marzo 2008 a 15:43
Isabel, gracias por estar cerca.
Abrazos.