Noches desveladas
Marzo 25, 2008 por Maximiliano Saavedra
Quién podría dormirse?…
Es inútil intentar lo de antes cuando se tiene la certeza de que ya nada podrá volver a ser lo que era. Lo supe cuando apoyé la cabeza en la almohada y recosté mi cuerpo de perfil al tiempo que ubicaba una segunda entre mis rodillas y una tercera, la más suave, en mis brazos. Luego de un lapso indeterminado, tuve que admitir que algo no estaba saliendo bien; algo molestaba la llegada del sueño, algo sutil que yo no podía apartar se escondía en las sombras del desvelo y acechaba silencioso. “Pero, ¿qué es?”, me preguntaba, “la comida fue liviana”… “no hubo café ni cigarrillos y tampoco grandes emociones en el día”… “apenas una pequeña siesta que…” “¡pero claro, la siesta!”. Ahora sí que estaba en problemas, con una siesta encima sería dificultoso dormirme.
Aún así no debía ceder, no podía dejarme vencer por una siestita que, por lo general, no pasaba de las tres horas; entonces decidí utilizar mis recursos de adormecimiento. Al comienzo fui Johnson, el mejor futbolista de la historia, que por cierto también era estrella de Rock, boxeador y hasta llegaba a organizar -si es que aún no me había dormido- gigantescos espectáculos callejeros atrayendo millones de fanáticos que observaban deslumbrados las proezas de aquel héroe del siglo XX. Pero aún no me dormía y mi gran personaje sucumbía al primer insignificante movimiento de mis pies, se iba junto con los rostros cada vez más borrosos de sus admiradores.
Parecía que, inexorable, el mundo real me alejaría de aquel imaginario espacio de la mente. Casi desesperado, me aferré tenaz a un delgado hilo de fantasía. Construí un mundo, llevé al máximo la inventiva y fui Dios, luego el Elegido (pero esta etapa duró poco, ya que no encontraba, para éste, cualidades más fantásticas que las del viejo Johnson). Luego creí que lo había logrado cuando, convertido en ave, las nubes rozaban mi cuerpo animal y mis alas se abrían blancas al sol, “Estoy volando, siento el viento cálido de la altura acariciando mi frente, viajando junto a mí”. Sin embargo, lo que había estado acechando en la oscuridad, clavó sus uñas en mis alas y me arrastró a la terrible realidad que hasta esos instantes no percibía.
Cuando abrí los ojos, no me estremeció lo primero que sentí, sino lo segundo que oí: aquel cálido viento en la frente no era otra cosa que un helado aire que entraba por la ventana, absurdamente abierta de par en par. Posterior a este descubrimiento, un sonido proveniente de la calle quebrantó la noche y su silencio de tumba. A escasos metros de mi ventana se escucharon pasos tan claros como aterradores, luego susurros, corridas y el aceleramiento de un coche. Me dije “no hay nada que temer, lo que haya ocurrido ha sido del otro lado de estas paredes”, “NO HA PASADO NADA”, “acá no ha pasado nada” me repetí, esta vez, con menos fe.
A continuación, lo peor: desde el otro extremo de la casa, un grito agudo cruzó el pasillo, la sala, y fue directo a mis tímpanos. Era una llamada desesperada de auxilio. El terror se apoderaba de mi raciocinio y comenzaba la pelea contra la muy insignificante probabilidad de que todo fuera sólo un sueño, una pesadilla. Pero de nada servía continuar pensando y perdiendo fracciones de segundos, “¡levántate, ahora!”, me ordené, tratando de infundirme valor. Por segunda vez escuché los gritos, que ahora venían acompañados de llantos descorazonados. De manera automática, reconocí que provenían de mi madre, “no puede ser”, pensé resignado.
Al salir de mi habitación, encontré la casa destrozada. La confusión y el dramatismo dominaban el escenario. Las ventanas estaban dobladas como goma; la mesa, las sillas, la puerta de calle, todo hecho pedazos. “¿Cómo es que no oí todo este desastre?”, “¡los tapones, esos estúpidos tapones de oreja!”. Mi cabeza no coordinaba nada, mi corazón se dilataba y mis pulmones se cerraban con cada grito de mi madre. Intenté avanzar, no pude. Mis pies parecían haberse endurecido de espanto. Al primer paso tropecé y fui a dar mi frente contra algún objeto. El golpe fue seco y estruendoso, el dolor imperceptible. No pude levantarme. Por alguna extraña razón había dejado de tener dominio sobre mis piernas. Debía cruzar los 10 ó 15 metros de la casa arrastrándome como pudiera.
Un líquido espeso y púrpura comenzó a caer por mi frente, dificultándome la visión. “Esto no puede estar pasando”, me dije, “la sangre se derrama”, “la siento caer por mi frente, pasar por mi boca, la veo en derredor, y sin embargo no existe dolor alguno”. Sin dejar de avanzar, llevé una mano hacia la herida para comprobar la gravedad. Sorprendido, hallé que todo se encontraba en normalidad. Aún así, la hemorragia continuaba dispersándose. No quería gritar, tampoco llorar, toda acción desmesurada sería inútil y agregaría más locura al asunto. Debía controlarme; lo importante era llegar a la habitación de mis padres, y ya casi lo lograba.
Cuando por fin estuve allí, inexplicablemente, pude incorporarme sin problemas. Mi madre se encontraba sentada de espaldas a mí y con su cabeza a gachas lloraba y profería incomprensibles palabras. Me acerqué un poco más pero continuaba inalterable en su estado y desentendida de mi presencia. Muy triste, toqué su hombro e intenté hablarle pero ella no contestó. Aferré mis manos con mayor fuerza, pero fue inútil, no reaccionaba. Caminé dos pasos más y me coloqué frente a ella. Entre sus débiles manos descubrí un portarretratos, y en la foto, mi padre. Caí de rodillas y sujeté sus piernas. Ahora yo también lloraba, impotente hasta quedarme sordo. Ya no necesitaba comprender las palabras de mi madre. Espantado, lo entendí todo: se habían llevado a mi padre.
Acto seguido, un zumbido desolador lo nubló todo y las imágenes desaparecieron. Entonces desperté.
La incertidumbre permanecía viva en mi estómago, subía muy dura por mi pecho y caía por mis ojos convertida en lágrimas de espanto. Saqué los tapones de mis orejas y corrí hasta la puerta de mi habitación que se veía tan real o irreal como en el sueño. Abrí la puerta y los vi. Mis padres, con las camisetas de la selección Argentina, miraban la televisión. Me dijeron que había dormido como un ángel desde la siesta y que no habían querido despertarme para el partido inaugural del mundial ´78.
Las siguientes noches apenas pude dormir. Pasaba gran parte de las horas mirando por la ventana, escuchando alerta cualquier sonido. Todo había cambiado a partir de aquel sueño. Algo me angustiaba cada noche: el miedo.


![[Necesaria] p/Gustavo Camacho](http://bp2.blogger.com/_qWYzdvNcFeM/SByXfCBoOpI/AAAAAAAAAZI/2QT8DTTd-EE/S1600-R/necesaria-pie.jpg)







Y justo cuando se inauguraban tus pesadillas y el miedo te mostraba su impronta implacable. Justo cuando muchos, como tus padres, celebrababn los partidos de un Mundial de Futbol, otros sufrían sus últimas pesadillas devenidas en genocidios, e instaladas en souvenires y portarretratos en balnco y negro.
En esa época también se inauguraron mis soledades más intratables. A veces duele… duele mucho. La intuición del niño que fuimos se diluía en las negaciones de una sociedad, a la que le llevó años entender los sucesos. Atrocidades atenuadas en la red de un arco de futbol.
¡NO OLVIDAMOS!
¡NO PERDONAMOS!
Un texto realmente angustioso y angustiante, en el que la realidad parece pesadilla y la pesadilla es también realidad. Han sufrido vds. mucho y esperamos, como en el cartel del inicio, que esa locura no se repita nunca más. Un abrazo enorme y solidario.