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Archivo para Abril 2008

Sobre la utopía de otro mundo posible

Francia 1968 - Cuba 1959 - Argentina 2001

Que el mundo vaya a cambiar parece ser una utopía que solo se atreven a imaginar los locos, los que piensan que no habrá más coches bombas ni bombardeos preventivos ni hambre ni pobreza. Ciertamente, a veces esta idea se parece a una locura, un mundo demasiado lejano del que tal vez, por ahora, ni siquiera seamos dignos…

Hace poco vi un documental acerca de la vida y la obra del poeta argentino, Juan Gelman. En un tramo del video, Gelman reflexiona sobre las luchas a lo largo de la historia y se declara en contra de los que hablan sobre el fin de la utopía. Dice que “a lo mejor, la función de la utopía es su fracaso, para dar paso a una utopía mejor”. Y continua “no se puede recortar la capacidad de soñar en la personas, la voluntad de un cambio”, “podrá pasar un tiempo en el que todo eso no aflore, un período más corto o más largo, pero al final terminará aflorando”.

Recuerdo estas palabras y pienso en aquel Mayo francés, cuando se enarbolaba la consigna: “La imaginación al poder”, “seamos realistas, logremos lo imposible”. Pienso en aquella Cuba, tal vez la única utopía todavía en pie. O aquí más cerca, la crisis Argentina del 2001 cuando el pueblo reclamó una renovación de la dirigencia política…

Yo creo que otro mundo es posible. Estoy allí casi todas las noches, antes de que el cansancio y el sueño me lo arrebaten. Lo descubrí por casualidad, como quien se desvela y necesita pensar en cualquier cosa para dormirse. Pero con el tiempo se me fue convirtiendo en una costumbre necesaria. Y es en días como estos, tan manchados de sangre, tan difíciles de respirar, cuando me quedo más tiempo de aquel lado, ultimando detalles, encarcelando asesinos, destruyendo las últimas armas.

Sin embargo estas historias son producto de mi fantasía, un intento por mantener con vida el débil fuego de la esperanza, una lucha contra el andar de la realidad inexorable.

Yo no sé si un verdadero mundo mejor es posible. Quizá la locura sea la solución, que ella se transforme en una epidemia y que nadie se atreva a intentar sanarnos.

Rudina, Hana, Saleh, Musab

Un tanque isaraeli dispara contra una casa en Gaza

Estos nombres pertenecen a los niños Palestinos asesinados en el día de ayer como consecuencia de un ataque militar del ejército israelí en la Franja de Gaza. Los cuatro hermanos, de edades entre los 5 años y los 15 meses, murieron mientras se encontraban desayunando junto a su madre, Miassar, también victima fatal de las explosiones, y otros dos hermanos que sobrevivieron con graves heridas. En días así, sólo un deseo:

Quédate Lejos

Aleja tus manos de plomo,
siéntate en las sombras,
en el suelo de tu conquista.
Mira en lo que te has convertido,
lo que has hecho con mis pobres hermanos.

Tu poder se acabará en la mañana,
la libertad hará caer tu corona,
esta es tu última noche,
la última tempestad en el mundo.

Mañana corre,
huye de todo lugar conocido,
cuando la lluvia escampe
y el cielo se despeje,
buscarán tu rostro bajo la luz del sol.

Ahora acércate si quieres,
pero al amanecer vendrán,
todos vendrán,
de la tumba, del cielo, del mar,
el niño, el amor, la paz.

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Las cenizas

Las cenizas

No se podía volver atrás,
una mañana despertaron
y ya no eran los mismos,
algo había escapado mientras dormían.

Ayer, dos lobos devorándose,
cuatro paredes y un colchón,
no necesitaban nada más,
el mundo podía dejar de existir.

Ahora capitalismo salvaje.
Caricias con impuestos,
bocas que cobran peaje,
saldos de besos en liquidación.

Ayer el amor sin reproches;
él le susurraba versos al oído,
ella lloraba y lo miraba tiernamente.

Ahora revuelven cajones de la casa,
se buscan con tristeza en viejas fotos.
El frío de una duda los atraviesa con su filo:
¿dónde fue que nos perdimos?.

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La despedida

Despedida

Aquella noche luchaba contra lo inevitable,
soñaba lo imposible para calmar el dolor,
imaginaba que, tras el ventanal, jamás la vería llegar,
que afuera el mundo estallaba,
que las calles se cubrían de escombros,
que ella jamás encontraría el camino hacia aquel bar.

Se sentía seguro,
sus propios delirios lo convencían.
Entonces solo bastaba contemplar la lluvia,
la marcha de oscuros paraguas,
fumar sin ninguna prisa,
beber hasta el último rastro de café.

Ya no importaba que los minutos pasaran,
se engañaba imaginándola en casa,
desarmando valijas,
preparando la cena,
preocupada, porque él tardaba en regresar.

Pero como siempre sucede,
la ciudad no se detendría;
el tiempo seguiría borrando huellas,
sumando despedidas;
nadie se preguntará que fue de ellos,
¿por qué tuvo que pasar?.

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El humo hace llover

Buenos Aires cubierta de humo debido a la quema de pastizales

“Este país da para todo” es una frase que refleja con precisión matemática ese otro mundo llamado Argentina. Este país es mágico, es un cuento fantástico que en el futuro un abuelo -mitad robótico y mitad humano- leerá a su nieto mientras éste, incrédulo, le pedirá historias más verosímiles.

Según informan los medios de comunicación, el humo que apareció en estas últimas semanas, se debió a la quema de pastizales en el sur de Entre Ríos y en el norte de Buenos Aires. Y de estas semanas, tal vez ayer haya sido el día en el que más se acentuó su presencia.

Fue curioso observar la niebla artificial cubriendo la cima de los edificios, recostada en el río como un inmenso fantasma o instalándose en los departamentos y casas como un invitado molesto, de esos que caen sin avisar.

En las calles de la ciudad, algunas personas tuvieron la posibilidad, al menos por unas horas, de ignorar el desagradable olor e imaginarse en las calles de Londres, tomando el tradicional té de las cinco. Otros, los que volvemos a la infancia con recurrencia, este humo nos trajo nostalgias. En mi caso, el siguiente recuerdo:

Para hacer llover de verdad y que las calles de tierra se transformaran en piletas de barro, había que hacer oscurecer el cielo con humo. Pero no bastaba un fueguito así nomás. No era cuestión de quemar un pasto o unas maderitas para que lloviese, eso no servia, el cielo ni lagrimeaba. El humo, para que diera resultado, debía ser negro como el carbón. Con lo cual, no era un trabajo para nada sencillo.

Sin embargo, mis camaradas y yo contábamos con un recurso extraordinario, un as en la manga: el terreno que costeaba las vías del tren. Para algunos considerado un basural, para nosotros en cambio era, como decirlo… un enorme Carrefour, un lugar al que se iba a buscar lo que sea. Como en la isla de Lost, allí podía aparecer cualquier cosa sin que uno supiera cómo ni por qué. Sólo había que saber buscar. No era para nada sorprendente, por ejemplo, encontrar una plantación de zapallos o hermosas sandias. Pero lo más importante, y que nos remite nuevamente a la tarea, es el elemento que no podía faltar: cubiertas de camiones.

Aunque éramos bastante salvajes, no dejábamos de tomar las medidas de seguridad correspondientes. Primero se hacia rodar el cuerpo hasta una “zona de exclusión”; luego se quitaban los objetos cercanos que pudieran propagar el fuego y por ultimo se comenzaba a rellenar el centro de la rueda con bolsas de plástico y diarios. Al terminar el procedimiento, el resultado era reconfortable y hasta artístico, el fuego comenzaba a derretir el caucho macizo y escupir hacia arriba bocanadas de espeso humo negro. Tristemente, este goce delante de la obra, sólo duraba unos minutos. Inmediatamente debíamos escapar, escondernos en nuestras casas y mantener entre nosotros el secreto, así como lo hacen los héroes anónimos.

Aunque no lo crean, si en aquellos años llovía, era porque nosotros hacíamos llover.

TEXTOS RELACIONADOS: ESPECIAL: CONFLICTO CON EL CAMPO

El Fulanito de María

EL Fulanito de María

Esta es una historia de tono oscuro,
de venganza, amor y rouge;
una historia que sigue viva en alguna esquina.

Se llamaba María;
no era una santa y
tampoco usaba polleras largas;
un cuerpo así se debía compartir.

Era una chica de triste mirada y
blanca piel,
pelo platinado,
a veces negro,
también lo usaba color café.

Aunque, a decir verdad,
nada de esto era importante;
ella tenía un gran secreto,
una pregunta que lanzaba como una bala:
“¿Cuánto falta para el amor?”

Y aquí aparece un pobre fulanito,
entre amigos y alcohol,
picando en el anzuelo de la curiosidad.
Según la historia, María buscaba
en los hombres lo que otro le negó.

Descontento del cuento y
con el valor de unas copas de más,
se lanzó a buscar a esta misteriosa mujer.

La encontró en una esquina,
vestida de dudosa castidad,
perfecta como una pieza de ajedrez:
escote pronunciado,
medias de red.

Él movió primero,
no pudo esperar:
-Aquí hace frío, te invito un café.
Y ella, consciente de su encanto,
lanzó una carcajada que fue como
una bofetada de amor.

Caminaron varias cuadras,
tan rápido que la lluvia no los tocó.
Por fin llegaron;
era una oscura habitación.
Ella encendió unas velas y
sin aviso se desnudó.

Aquella noche,
María no necesitó preguntar,
aquel fulanito la amaba y
ella había encontrado su libertad.

Cuando despertó, el día era gris y
la lluvia seguía entristeciendo la ciudad.
Quiso abrazarla pero ya no estaba;
en su lugar encontró una nota y
un beso rojo como punto final:
“Ojalá puedas perdonar mi traición”.

El fulanito todavía la espera,
siempre en la misma esquina.
Lleva flores en la mano
y el perfume de aquel cuerpo en la piel.

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El Deseo

El Deseo

La noche siempre los aguarda,
cómplice, silenciosa,
el mismo hotel,
las mismas ganas,
no hay arrepentimientos,
el deseo los ha traído y
el deseo recién comienza.
Se quitan la ropa,
las ataduras pesadas,
cualquier rastro de otra vida.
Ansiosos, inician el juego,
una mano se libera,
no soporta la distancia,
otra mano la espera,
se chocan,
se reconocen,
hay un instante de paz,
una tregua necesaria,
un alimentar el fuego con calma,
pero las llamas se expanden,
persiguen sombras,
rincones del cuerpo;
y el calor aumenta;
se arrojan a la cama,
nadan en un mar de sábanas blancas,
una mano se escurre,
solitaria, intuitiva,
esperaba el momento y
ahora logra su cometido,
las siluetas se quiebran,
se deshacen en suspiros,
se abrazan, se besan,
se muerden los labios,
saborean una fruta deliciosa,
pero esa fruta se acaba y
la sed no disminuye.
Sus bocas necesitan agua,
emprenden un viaje incierto,
recorren la piel,
descubren dulces ríos,
pero el agua se transforma en sal y
la sal en vino,
entonces enloquecen,
ya no lo soportan.
Entre el deseo y lo prohibido,
nacen y mueren los amantes.

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Nos perdimos

Nos perdimos

Geográficamente,
nos perdimos,
tomaste Rawson,
estabas nerviosa,
tu cuerpo aún temblaba
y un nudo jodía en la garganta.
Yo fui por Colón,
hacia la estación,
estaba cansado,
entré a un viejo bar,
recordé tus gritos,
tus reproches,
tu espalda alejándose en la oscuridad.
Llegaste a una esquina que no querías cruzar,
allí me dijiste que volveríamos a sufrir,
ahora tus lágrimas te daban la razón,
comenzaste a correr.

Ideológicamente,
nos perdimos,
siempre votaste a la derecha,
decías que gracias a ellos pudiste viajar,
sacarte una foto en el Big Ben,
comprar porcelana fina en Kaifeng.
Yo preferí ir con el viento,
en dirección al mar,
a Europa no viajé aunque arte no faltó,
respeté la memoria,
odié el perdón,
siempre extraño a Guevara
y lloré sin lágrimas por Jara.
Te aburrías con Silvio,
llamabas dictador a Fidel,
pero un día viste a un niño sangrar por tv,
todo perdió sentido, valor,
te volviste a perder.

Pasaron los años,
volví a buscarte a la misma ciudad.
Y aunque nunca pude encontrarte;
y aunque morí más de una vez,
hay algo que no me puedo perdonar,
perdernos,
perderte,
perder.

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