“Este país da para todo” es una frase que refleja con precisión matemática ese otro mundo llamado Argentina. Este país es mágico, es un cuento fantástico que en el futuro un abuelo -mitad robótico y mitad humano- leerá a su nieto mientras éste, incrédulo, le pedirá historias más verosímiles.
Según informan los medios de comunicación, el humo que apareció en estas últimas semanas, se debió a la quema de pastizales en el sur de Entre Ríos y en el norte de Buenos Aires. Y de estas semanas, tal vez ayer haya sido el día en el que más se acentuó su presencia.
Fue curioso observar la niebla artificial cubriendo la cima de los edificios, recostada en el río como un inmenso fantasma o instalándose en los departamentos y casas como un invitado molesto, de esos que caen sin avisar.
En las calles de la ciudad, algunas personas tuvieron la posibilidad, al menos por unas horas, de ignorar el desagradable olor e imaginarse en las calles de Londres, tomando el tradicional té de las cinco. Otros, los que volvemos a la infancia con recurrencia, este humo nos trajo nostalgias. En mi caso, el siguiente recuerdo:
Para hacer llover de verdad y que las calles de tierra se transformaran en piletas de barro, había que hacer oscurecer el cielo con humo. Pero no bastaba un fueguito así nomás. No era cuestión de quemar un pasto o unas maderitas para que lloviese, eso no servia, el cielo ni lagrimeaba. El humo, para que diera resultado, debía ser negro como el carbón. Con lo cual, no era un trabajo para nada sencillo.
Sin embargo, mis camaradas y yo contábamos con un recurso extraordinario, un as en la manga: el terreno que costeaba las vías del tren. Para algunos considerado un basural, para nosotros en cambio era, como decirlo… un enorme Carrefour, un lugar al que se iba a buscar lo que sea. Como en la isla de Lost, allí podía aparecer cualquier cosa sin que uno supiera cómo ni por qué. Sólo había que saber buscar. No era para nada sorprendente, por ejemplo, encontrar una plantación de zapallos o hermosas sandias. Pero lo más importante, y que nos remite nuevamente a la tarea, es el elemento que no podía faltar: cubiertas de camiones.
Aunque éramos bastante salvajes, no dejábamos de tomar las medidas de seguridad correspondientes. Primero se hacia rodar el cuerpo hasta una “zona de exclusión”; luego se quitaban los objetos cercanos que pudieran propagar el fuego y por ultimo se comenzaba a rellenar el centro de la rueda con bolsas de plástico y diarios. Al terminar el procedimiento, el resultado era reconfortable y hasta artístico, el fuego comenzaba a derretir el caucho macizo y escupir hacia arriba bocanadas de espeso humo negro. Tristemente, este goce delante de la obra, sólo duraba unos minutos. Inmediatamente debíamos escapar, escondernos en nuestras casas y mantener entre nosotros el secreto, así como lo hacen los héroes anónimos.
Aunque no lo crean, si en aquellos años llovía, era porque nosotros hacíamos llover.
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