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Archivo para Agosto 2008

Pongamos que hablo de Madrid

Pongamos que hablo de Madrid

Pongamos que hablo de Madrid

Nunca me subí a un avión. Y todavía me cuesta creer que en unas horas más voy a cumplir un gran sueño. Por eso estos días y momentos previos están llenos de hermosos recuerdos y nostalgias.

Cuando uno mira hacia atrás se da cuenta de dos cosas. La primera es que los años pasan muy rápido y la segunda es que, aunque a veces no parezca, todo ha salido bastante bien. Pero esto no es casualidad, es, quizá, gracias a eso que Coelho muy bien describió en el Alquimista: “El universo conspira para alcanzar los deseos…”.

Esta felicidad quiero compartirla con dos personas. Pablo, camarada y hermano de la vida, por los bares, los cafés, la amistad y las Revoluciones en las que imaginábamos a Madrid como la ciudad donde cumplir los grandes sueños. Aunque no pueda venir, va a estar conmigo. Verónica, ¿qué puedo decir?, gracias por volver, por el amor que ahora hace realidad lo que te dije cuando bajaste del avión: “El próximo avión que tomes conmigo lo tendrás que hacer”. Gracias por empujarme cuando me quedo, por mostrarme el camino cuando parece que el mundo se viene abajo y gracias por aguantar cuando en las noches se me da por llenar la casa de humo.

Amigos, lectores, camaradas, nos volveremos a leer en un mes, prometo crónicas del viaje. Mientras tanto les dejo estos textos, viejos y mal redactados. Abrazos.

Quédate

Quédate,
deja esa maleta en paz,
saca a soledad de allí,
escucha a tristeza, no quiere huir,
mira como has arrugado a utopía,
pobre locura, que apretada está,
sal inspiración,
no llores pequeña alegría.

Quédate,
deja esa maleta en paz,
alma no cabe allí,
amistad quiere salir, camarada también,
no me dejes sin justicia,
no me quites la memoria.

Quédate,
deja esa maleta en paz,
no dobles a melancolía,
no manches la poesía,
no seas cruel,
deja al menos a esperanza y fe.

Quédate,
adonde irás,
jamás podré olvidarme de ti,
no te vayas, piénsalo mejor,
este es tu lugar, joven soñador.

El destino de las aves

En Buenos Aires, el mes de agosto suele ser bastante llevadero. El invierno va terminando y la debilidad del sol alcanza para entibiar los ánimos de quienes buscan en plazas frías algo de verde y cielo abierto. Todo marcha a una velocidad inapreciable, en un suspiro pueden ocurrir los sucesos más sorprendentes y al segundo siguiente volverse anónimos de la misma manera. Pero hay algo de lo que no quiero olvidarme, algo que me remonta varios años atrás, en un mes como éste.

Pasadas las 16 horas de aquel viernes, la llovizna comenzó a caer tímidamente y junto a ella, una niebla espesa. En unos pocos minutos la ciudad y el río se cubrieron con un manto blanco y helado. Aquel día, la tormenta no se desataría hasta entrada la noche, el cielo aún mantendría en los brazos su pesada carga de agua.

Mientras todo esto ocurría, nuestro amigo observaba el paisaje invernal desde el ventanal de su oficina. Guardaba en su memoria detalles que algún día recordaría con nostalgia. Parado allí, su imagen parecía recortada de una revista de veraneo en la que un muchacho observa perplejo el crepúsculo desde la cima de una montaña. Nos acercamos en silencio. Sus ojos negros y vivaces se mantenían posados en el horizonte como marcando un camino, una nueva ruta.

No tardó mucho en advertir nuestra presencia. Las palabras sobraban o tal vez por temor no las dijimos, su ausencia no sería un recuerdo más, no sería algo que el viento o el insostenible paso del tiempo se llevan.

A las 19 horas nuestro amigo fue el último en cruzar la puerta y salir del edificio. Solitario y anónimo, tal como había llegado un día, así quiso irse. Afuera, la ciudad lo esperaba para conducirlo hacia un nuevo camino.

Categorías:Diario de Viaje

Presagio

Afganistán

Afganistán

Abrió los ojos, descubrió su cuerpo transpirado, el corazón todavía agitado y una sensación aterradora corriendo a su alrededor. El mismo sueño le había ganado la noche después de muchos años sin aparecer.

Caminó a la cocina en silencio, cruzó la habitación de su hijo que aún dormía y se sirvió un vaso de agua sentado a la mesa. “¿Por qué otra vez este sueño?” se preguntaba mientras el agua apagaba la sed y el fuego residual del espantoso sueño. Recordó que siempre había sido igual, en la niñez, en la adolescencia y en la noche posterior a la muerte de su esposa. ¿Pero por qué ahora que todo parecía estar saliendo bien?.

Trató de olvidar el sueño, la puerta que nunca se abría y esa voz que siempre le pareció tan familiar: “Pídele a la puerta que abra y se abrirá”. Se dirigió a su escritorio y prendió la computadora. Rápidamente pudo localizar una radio Argentina; los recuerdos y las nostalgias comenzaban a volver con las viejas canciones. Pensó que las cosas habían pasado demasiado a prisa, que el paso de los años no le habían dejado la chance de reflexionar sobre tantos sucesos.

Pero otra vez no había tiempo para descansar, este día tan esperado había llegado, por fin lo nombrarían gerente de una gran sucursal bancaria y parecía que todo cobraría sentido, los sacrificios, el desarraigo, las tristezas….

Tomó la autopista sur y bajó por los suburbios para llegar al centro con treinta minutos de antelación. Luego decidió estacionar unas cuadras antes para ir conociendo el camino. Se sorprendía por la gran cantidad de personas en la zona comercial, todos parecían llevar un orden inalterable. De repente, notó como una gigantesca sombra cubría las calles. No tardó en reconocer que allí era el sitio hacia donde se dirigía.

La reunión se extendió tres horas en el piso sesenta. Le indicaron los objetivos de la empresa y le entregaron una lista con trescientos empleados de los cuales cincuenta no continuarían en el nuevo proyecto. Le preguntaron si se sentía capaz de alcanzar las metas de la empresa y en ese instante recordó el sueño, las piernas siempre corriendo tras la puerta que nunca pudo alcanzar y contestó: “Toda mi vida me he preparado, sí caballeros, soy capaz”.

La fría reunión se cerró y el presidente de la firma propuso un brindis: “Que Dios nos ilumine a todos”. Al salir de la oficina se dirigió velozmente al baño, quería mojarse la cara y respirar en calma algo que no fuera aquel aire que sobrevolaba la reunión. Mientras secaba sus manos sonrío incrédulamente y exclamó: “¿Dios?, ¿qué tiene que ver con todo esto?”. Al pronunciar estas palabras una persona apareció en el fondo del baño, era un empleado que hacía limpieza y, al igual que él, también era argentino.

Luego de intercambiar unas palabras, el joven de limpieza lo invitó a pasar a tomar unos mates, charlar de fútbol y de Buenos Aires: “Estoy en el piso siete, si quiere puede pasar en unos minutos, golpee la puerta azul y me va a encontrar”, ” Bueno, lo voy a intentar, gracias”.

Las palabras amistosas de aquel joven lo reanimaron, pensó en las vueltas de la vida, en el destino, en que nada se da porque sí, en el camino que lo llevó a estar adonde estaba; recordó otro tiempo y las imágenes comenzaron a llegar como diapositivas: primero sus padres, la adolescencia, aquellos ideales y pasiones que creía inmortales, su hijo, su esposa llorando a escondidas y la noche que murió como una hoja seca ; ella sufría tanto, y aunque la agonía de extrañar la Argentina se le había transformado en cáncer, nunca le reprochó su ambición y tampoco los momentos que perdieron por llegar adonde él estaba ahora; ella siempre apoyó sus decisiones hasta en las últimas palabras: “Juan, no dejes de pelear por tus sueños”. Ese último recuerdo lo quebrantó tanto que tuvo que acercarse a una ventana para que nadie pudiera ver sus lágrimas. Fijó la vista en el cielo; miró muy lejano y otra vez recordó el sueño, la voz familiar y la puerta que nunca se abría. Seco sus ojos y pudo ver que otra torre igual se imponía majestuosamente en el cielo, miró detalladamente y le resultó gemela a esta en la que él estaba. En ese mismo instante vio cómo un ave enorme rompía el cielo en vuelo violento. Un segundo después, creyó que era un avión y que venía en dirección a él.

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