
Cristóbal Colón
Cuando llega el momento de pensar en las merecidas vacaciones, uno trata de obviar que la hermosa playa, soñada en interminables horas y tardes de oficina, nos estará esperando con medio millón de excitados turistas. Todos, al igual que nosotros, empeñados en hacer las mismas cosas y visitar los mismos lugares, todos, al igual que nosotros, dispuestos a dejar la vida por un metro cuadrado de arena donde clavar el mástil de la sombrilla.
Como una sana costumbre, nos mentimos imaginando que esta vez no habrá largas filas de personas adonde quiera que vayamos, así sea para comprar un pancho, mirar una pulserita de colores en la feria o sacarnos una foto con los lobos marinos. Pero, aunque evitemos pensarlo, así serán nuestros días. Al principio seremos niños ansiosos queriendo disfrutarlo todo, luego sufriremos la abstinencia de smog y el horror de los noticieros. Finalmente, cuando sea la hora del regreso, y desde la ventanilla del micro se vea el sol cayendo detrás del mar, y alguien a lo lejos parezca levantar la mano como saludándonos, nos sentiremos tristes e idiotas, maldeciremos regresar al ruido de los colectivos y a las interminables horas de oficina.
Sin embargo, antes de que todo esto ocurra, antes de hacer las valijas y escapar hacia el mar o la montaña, primero debemos resolver algunos detalles, cuestiones que al comienzo parecen pequeñas pero pueden terminar complicándote la existencia: ¿quién regará las plantas en nuestra ausencia?, ¿quién se encargará de cuidar la casa y darle de comer al perro?.
Estas preguntas, repetidas cada año, se multiplican proporcionalmente si el destino elegido trasciende las fronteras de nuestro país. Ese fue mi caso cuando decidí viajar desde la Argentina hacia España.
De ante mano sabía que no sería fácil, que el camino estaría lleno de obstáculos e incertidumbre. Sabía, porque lo había visto en televisión y leído en diarios, que había elegido una época complicada, que a los gobiernos Europeos se les había dado por restringir aun más el paso hacia sus territorios y que en Barajas rechazaban preferentemente a los latinos, aún cuando estos cumplieran con todos los requisitos. No obstante esto, luego de varios meses de ahorros y privaciones, no podía echarme atrás, por varias razones necesitaba hacer ese viaje, una de ellas, la más importante, el reencuentro con la familia.
Fue en ese lapso, previo al viaje, cuando descubrí los mencionados “requisitos para ingresar a España como turista”: fotocopias y originales de pasaporte, Dni, recibos de sueldo, certificado laboral, reservas de hotel por el tiempo que dure la estadía y 57 euros por cada día, seguro médico de asistencia al viajero, pasaje de ida y vuelta y, en el caso de ser hospedado en casa de familiares o amigos, una carta de invitación con datos y documentos tan risueños como imposibles: metros cuadrados de la vivienda en la que uno estará hospedado, contrato de alquiler y certificado del registro de la propiedad, certificado municipal, certificado del presidente de la comunidad de propietarios, fotos o soporte audiovisual que comprueben el vínculo que une al invitado con el invitador, etc, etc, etc. Es decir: ¿estás seguro de querer venir a mi país?, antes debes saber que haremos todo lo posible para quitarte las ganas.
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