
McCain y Obama, segundo debate
Los que ayer encendieron el televisor esperando ver una pelea a todo o nada, con mordiscos de oreja, con rostros desfigurados y un ring ensangrentado, terminaron decepcionados, corroborando una vez más que todas las segundas partes nunca son buenas.
Tal vez, el error del televidente haya sido dejarse llevar por esos viles promotores que, en el afán de incrementar el vértigo de las apuestas, auguraban que este segundo round sería definitorio para las aspiraciones presidenciales de ambos luchadores. Sin embargo, la contienda se desarrolló predecible, repetitiva y aburrida.
El combate comenzó cuando el referí, Tom Brokaw, miró a los dos contrincantes y les dijo: “Desde la última vez que ustedes se cruzaron, el mundo ha cambiado y no para mejor”
En su banquillo del lado derecho de la pantalla, el veterano John McCain era conciente de que se jugaba la última chance por la corona y que, de no lograrla, le esperaría el retiro definitivo de los cuadriláteros. Tal vez, esta haya sido la razón por la cual, desde temprano, salió con todas sus fuerzas tratando de colocar un golpe de efecto: “Compraremos las hipotecas y las volveremos a negociar a un precio justo para el ciudadano”. Pero al ver que su oponente continuaba de pie tuvo que cambiar de estrategia, dedicándose el resto del tiempo a ensuciar la contienda.
Del lado izquierdo, la joven promesa Barack Obama, brindó un papel aceptable pero sin aportar sorpresas, a lo mejor por saberse ganador de ante mano; un error que le habría costado caro si ayer, en Nashville, hubiera sido el tercer y último round.
Según mis tarjetas, fue un empate.
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