La foto de una Revolución, diez años después

Avenida de Mayo, 20 de diciembre de 2001

Alguna vez conté sobre las cajas en las que guardo toda clase de objetos, desde boletos de subte hasta figuritas del mundial Italia 90. Ahora, ya mayor, y con eso del periodismo, también se me da por guardar algunos diarios. Seguramente una manía con su correspondiente explicación psicológica, acaso una vocación frustrada de archivador.

Lo cierto es que recurro a mis cajas cada tanto. Las ordeno, clasifico y rememoro. Todas tienen una historia especial. Sin embargo, una de ellas, guarda aquello que considero fundamental. Ahí fui estos días, buscando una foto, un recuerdo con diez años de historia.

Remontarse hasta aquel 20 de diciembre de 2001 no es fácil. «Los recuerdos – según Marc Augé– son moldeados por el olvido como el mar moldea los contornos de la orilla». Por eso, no sé cuánto de rigurosidad tendrá mi relato o cuál será la historia que me contaré. En cualquier caso, será sólo una parte, el resto se completará con quien lea estas palabras y evoque mentalmente aquellos días.

Tras los ventanales de vidrio, en la planta baja del edificio, yo y mis compañeros de trabajo nos sentíamos seguros de la represión policial desatada a pocos metros, en la histórica Plaza de Mayo. Un numeroso grupo de policías de la montada envestía con violencia exagerada una manifestación pacífica, encabezada por las Madres de Plaza de Mayo. No paso mucho tiempo hasta que el gas lacrimógeno también llegara hasta nosotros y las autoridades nos dieran asueto por el resto del día.

Sin embargo: ¿quién podía volver a su casa o quién, a esas horas, podía permanecer en ella, luego de ver aquellas imágenes? La brutalidad policial había sido el soplo que avivó el fuego del reclamo. A partir de aquel momento, en la ciudad de Buenos Aires, comenzaron a brotar de a miles las personas decididas a tomar la plaza, algo que no se le había permitido a las Madres.

No fue sencillo y la tarea implicó varios avances y repliegues a lo largo de las principales calles y avenidas (Corrientes, Roque Sáenz Peña, Rivadavia, Avenida de Mayo). De a ratos alguna esporádica conquista, una esquina ganada y festejada por una multitud de manifestantes. En todo reinaba el deseo de cambiar la historia, ya no sólo la escrita incapazmente por De la Rúa, sino toda, o al menos la oscurecida en la última década de corrupción. A pesar de ello, sin embargo, también hubo esporádicos actos de vandalismo, desaprobados y reducidos por la mayoría de los presentes.

La policía, mientras tanto, seguía su persecución y conteniendo las columnas que durante toda la jornada lucharon sin descanso por avanzar. Una serie de sonidos e imágenes comenzaban a repetirse en cualquier lugar que se estuviera: herraduras de caballo golpeando nerviosamente el asfalto, sirenas, gritos amenazadores, gases lacrimógenos, piedras, barricadas de fuego, corridas y disparos…

Recuerdo a Pablo, amigo y también hermano desde aquel día, discutiendo con una mujer que nos quería echar del hall de su edificio, al que momentáneamente habíamos ingresado para guarecernos. Luego llegamos hasta una gran playa de estacionamiento, el sereno nos había hecho señas para que entráramos. En ese lugar, por primera vez, nos enteramos del saldo de la frenética represión policial: en las calles no sólo había heridos, también comenzaban a confirmarse las primeras muertes.

En la pequeña tregua recuerdo haberme refrescado en el baño de aquel lugar. Me interrogué acerca de por qué estaba ahí, qué estaba reclamando yo. Estudiaba mi cara en el espejo mientras hacia estas preguntas. Mis ojos rojos, la piel pálida, el cuerpo temblando de adrenalina o espanto. No obtuve respuestas, pero encontré, en ese instante, que el espejo devolvía una imagen distinta al que yo había sido al despertarme esa misma mañana.

Horas más tarde, y debido a la presión social, Fernando De la Rúa finalmente renunció. Aun así, la lucha por llegar a la plaza continuó mucho más. Ya era medianoche cuando unos pocos pudimos entrar en medio de órdenes y contraordenes desde la policía, tan desorganizada como nosotros a esa altura.

Luego, volvimos a nuestras casas en silencio y a pie. Las huellas del desastre hablaban por si solas en cada rincón de la ciudad. La Avenida de Mayo, siempre hermosa, ahora parecía haber resistido una invasión colonial. En el camino tomé una foto de este cartel derribado en la avenida. Me impresionaba la analogía. Una postal que representa mucho más de lo que aún hoy puedo explicar sobre aquella Revolución.

2 thoughts on “La foto de una Revolución, diez años después

  1. Cuantos recuerdos hermano… Aquellos dias en los que fuimos tremendamente sinceros con nuestros corazones y la ideologia que tanto perseguimos atravez del tiempo… Podria aportar material fotografico si aun lo deseas… No te sucede cuando sentis el olor a limon , recordar juatamente esos trocitos de limones que nos pasabamos en los ojos? para poder ver entre tantos gases lacrimogenos con pimienta que te quemaban hasta las fosas nasales… Eramos locos soñadores peleando por el mundo mejor que reclama la utopia de tal esencia… Te mando un abrazo revolucionario de todo corazon, seguaramente esta noche levantare la copa en honor a estos diez años. Adios hermano.

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