El tiempo es la fuerza omnipresente de mayor influencia reguladora de nuestra existencia. Todo se mide a través del tiempo (el éxito, el fracaso, la vida, el amor). Todo se refiere al tiempo (las acciones, las inacciones). Y todo, a su vez, es consumido por el tiempo (el éxito, el fracaso, la vida, el amor…). Es decir, el tiempo –nuestro tiempo, tu tiempo– en algún momento se acaba.
Sin embargo, lo curioso es que a pesar de nuestra finitud, muchos hombres –sino todos– se comportan como seres inmortales. De todas las mediciones, cálculos y estimaciones, la muerte parece ser la única en la que no se piensa de manera consciente. La muerte es la victoria anunciada del tiempo. ¿Quién se anima a pensar su vida como una “derrota” asegurada? Acaso sea por esto, es decir, para obviar el desenlace, que el ser humano se empecine en intentar potenciar el tiempo, y añore, llegar a regularlo. ¿Será posible? Sigue leyendo








