Demoras en los turnos, falta de insumos, aparatología obsoleta, escasez de camas para internación y una población que a diario desborda las instalaciones. Las fallas de un sistema que alguna vez fue ejemplo de calidad y eficacia. Hoy, sin embargo, pide a gritos una profunda reforma estructural. Por Maximiliano Saavedra y Noelia Carabajal
La inmensa obra del Dr. Ramón Carrillo, primer Ministro de Salud entre 1946 y 1954, parece olvidada en algún estante de la política sanitaria Argentina. Durante su mandato, que duró ocho años, se construyeron a lo largo de todo el país 230 establecimientos sanitarios de internación, 50 institutos de salud especializados, 3.000 centros de atención primaria y 2 fábricas de alta tecnología sanitaria. En cuanto a la capacidad instalada de camas, pasó de 66.300 a 134.128 al finalizar su gestión, es decir, una cama cada 110 habitantes (se calcula en 15 millones la población del país en esa época).
Varias décadas después, y con una población que llegó a 40 millones de personas según datos provisorios del censo 2010, aquel avance parece detenido en el tiempo. Al menos así se demuestra al observar la continua disminución de camas disponibles en el sector público según datos oficiales del Ministerio de Salud Nacional y el INDEC: 97.688 en 1969, 91.034 en 1980, 84.094 en 1995 y 78.057 en 2004. Una cifra que alarma si se tiene en cuenta que el 48% de la población, es decir 17.424.010 personas, debe utilizar el sistema de hospitales públicos por carecer de cobertura de obra social o plan privado. En este contexto, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, epicentro de la economía nacional, no es la excepción de la crisis del sector público sino todo lo contrario. Sólo la calidad de sus médicos, técnicos y enfermeros, han posibilitado mantener en pie un sistema que desde hace años viene pidiendo auxilio. Sigue leyendo









