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Archivo para la Categoría "Cuentos y Relatos"

Lluvia

lluvia

Lluvia

Como si pensara en otra cosa, comienza dejando caer su primer racimo de gotas, tristes, en una marcha silenciosa, tal vez tratando de pasar desapercibida, tal vez cansada de hacer el mismo trabajo. Pero luego recobra la fuerza y se vuelve intrépida, salvaje, decidida a limpiar cada calle de la ciudad aunque esto le lleve toda una noche.

Y mientras tanto, nosotros observando por una ventana, preguntándonos por que justo en esos momentos, cuando más la buscamos o más le escapamos, siempre aparece. La lluvia tiene esa precisión matemática. No llueve porque si, o por aquello del vapor condensado, o porque el cielo se cubra de un color ceniciento y nos duelan los huesos. Llega cuando se trae algo entre manos, cuando su propósito es ejercer algún efecto en nuestras vidas. Leer más…

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Presagio

Afganistán

Afganistán

Abrió los ojos, descubrió su cuerpo transpirado, el corazón todavía agitado y una sensación aterradora corriendo a su alrededor. El mismo sueño le había ganado la noche después de muchos años sin aparecer.

Caminó a la cocina en silencio, cruzó la habitación de su hijo que aún dormía y se sirvió un vaso de agua sentado a la mesa. “¿Por qué otra vez este sueño?” se preguntaba mientras el agua apagaba la sed y el fuego residual del espantoso sueño. Recordó que siempre había sido igual, en la niñez, en la adolescencia y en la noche posterior a la muerte de su esposa. ¿Pero por qué ahora que todo parecía estar saliendo bien?.

Trató de olvidar el sueño, la puerta que nunca se abría y esa voz que siempre le pareció tan familiar: “Pídele a la puerta que abra y se abrirá”. Se dirigió a su escritorio y prendió la computadora. Rápidamente pudo localizar una radio Argentina; los recuerdos y las nostalgias comenzaban a volver con las viejas canciones. Pensó que las cosas habían pasado demasiado a prisa, que el paso de los años no le habían dejado la chance de reflexionar sobre tantos sucesos.

Pero otra vez no había tiempo para descansar, este día tan esperado había llegado, por fin lo nombrarían gerente de una gran sucursal bancaria y parecía que todo cobraría sentido, los sacrificios, el desarraigo, las tristezas….

Tomó la autopista sur y bajó por los suburbios para llegar al centro con treinta minutos de antelación. Luego decidió estacionar unas cuadras antes para ir conociendo el camino. Se sorprendía por la gran cantidad de personas en la zona comercial, todos parecían llevar un orden inalterable. De repente, notó como una gigantesca sombra cubría las calles. No tardó en reconocer que allí era el sitio hacia donde se dirigía.

La reunión se extendió tres horas en el piso sesenta. Le indicaron los objetivos de la empresa y le entregaron una lista con trescientos empleados de los cuales cincuenta no continuarían en el nuevo proyecto. Le preguntaron si se sentía capaz de alcanzar las metas de la empresa y en ese instante recordó el sueño, las piernas siempre corriendo tras la puerta que nunca pudo alcanzar y contestó: “Toda mi vida me he preparado, sí caballeros, soy capaz”.

La fría reunión se cerró y el presidente de la firma propuso un brindis: “Que Dios nos ilumine a todos”. Al salir de la oficina se dirigió velozmente al baño, quería mojarse la cara y respirar en calma algo que no fuera aquel aire que sobrevolaba la reunión. Mientras secaba sus manos sonrío incrédulamente y exclamó: “¿Dios?, ¿qué tiene que ver con todo esto?”. Al pronunciar estas palabras una persona apareció en el fondo del baño, era un empleado que hacía limpieza y, al igual que él, también era argentino.

Luego de intercambiar unas palabras, el joven de limpieza lo invitó a pasar a tomar unos mates, charlar de fútbol y de Buenos Aires: “Estoy en el piso siete, si quiere puede pasar en unos minutos, golpee la puerta azul y me va a encontrar”, ” Bueno, lo voy a intentar, gracias”.

Las palabras amistosas de aquel joven lo reanimaron, pensó en las vueltas de la vida, en el destino, en que nada se da porque sí, en el camino que lo llevó a estar adonde estaba; recordó otro tiempo y las imágenes comenzaron a llegar como diapositivas: primero sus padres, la adolescencia, aquellos ideales y pasiones que creía inmortales, su hijo, su esposa llorando a escondidas y la noche que murió como una hoja seca ; ella sufría tanto, y aunque la agonía de extrañar la Argentina se le había transformado en cáncer, nunca le reprochó su ambición y tampoco los momentos que perdieron por llegar adonde él estaba ahora; ella siempre apoyó sus decisiones hasta en las últimas palabras: “Juan, no dejes de pelear por tus sueños”. Ese último recuerdo lo quebrantó tanto que tuvo que acercarse a una ventana para que nadie pudiera ver sus lágrimas. Fijó la vista en el cielo; miró muy lejano y otra vez recordó el sueño, la voz familiar y la puerta que nunca se abría. Seco sus ojos y pudo ver que otra torre igual se imponía majestuosamente en el cielo, miró detalladamente y le resultó gemela a esta en la que él estaba. En ese mismo instante vio cómo un ave enorme rompía el cielo en vuelo violento. Un segundo después, creyó que era un avión y que venía en dirección a él.

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Salir a la calle

Salir a la Calle

Salir a la Calle

Él no ha hecho nada, está claro. No es un traficante o un ladrón; no ha cometido ningún acto contra la junta, no milita ni ha militado en grupos subversivos, no es ni siquiera un vecino ruidoso. En pocas palabras, el señor Lorenzo es un ciudadano ejemplar.

Sin embargo, y como es su costumbre en estos tiempos, antes de salir a la calle da vueltas por toda la casa. Corrobora que todo esté limpio, en un orden estricto.

Sabe que una vez afuera puede ocurrir cualquier cosa. Quién sabe. Tal vez tenga la mala suerte de ser confundido. Suele ocurrir que de pronto (y se lo ha dicho mucha gente), uno aparece en la agenda equivocada y ya no hay retorno, no hay explicación valedera; al cabo de unos días terminaría confesando lo que sus captores quieren oír, cualquier cosa con tal de no prolongar el dolor.

Por eso no le importa perder tiempo, prefiere eso. Da un último vistazo mientras que, con una mano, abre la puerta y con la otra revisa los bolsillos de su ropa hasta encontrar el documento de identidad. Lo observa en detalle como si se tratase de una obra de arte y vuelve a guardarlo en su saco.

Ya en el ascensor se siente algo más aliviado o resignado.

Llega a la planta baja. Ahora la parte más complicada: pasar por el pasillo y por fin salir. A lo lejos divisa la calle, un tránsito normal, no mucha gente, un día gris. Es un camino largo, es consciente; sabe que en el trayecto cruzará al portero; sabe que el saludo deberá ser casual, pasajero, sin titubeos que pudieran mostrarlo vulnerable ante la mirada inquisidora del portero que, sin piedad, aprovechará la ocasión para preguntarle si le ocurre algo.

Entonces piensa en una respuesta en caso de necesitarla, una excusa, por si un detalle se escurriera entre sus manos. Aunque lo sabe, sería inservible, apenas una vacilación bastaría para comenzar una ola de rumores que traspasaría los límites del edificio. En cuestión de horas pasaría de ser el inofensivo señor Lorenzo del noveno “B” a ser el “ya me imaginaba, en algo andaba, algo escondía…”.

A metros de la salida cuenta los pasos. Uno, dos, tres. Sus manos transpiran. Cuatro, cinco; piensa en volver. Seis, siete; demasiado tarde. Ocho, nueve…

- Buenos días, señor Lorenzo.
- Buenos días, Juan.

Ahora sí, decidido, abre la puerta y por fin sale, con la incertidumbre y la esperanza de cualquiera en estos tiempos: regresar a casa vivos.

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Noches desveladas

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Noches desveladas

¿Quién podría dormirse?…

Es inútil intentar lo de antes cuando se tiene la certeza de que nada volverá a ser lo que era. Lo supe cuando apoyé la cabeza en la almohada y recosté mi cuerpo de perfil al tiempo que ubicaba una segunda entre mis rodillas y una tercera, la más suave, en mis brazos. Luego de un lapso indeterminado tuve que admitir que algo no estaba saliendo bien; algo molestaba la evolución del sueño, algo sutil que yo no podía apartar se escondía en las sombras del desvelo y acechaba silencioso. “Pero, ¿qué es?”, me preguntaba, “la comida fue liviana”… “no hubo café ni grandes emociones en el día”… “apenas una pequeña siesta que…” “¡pero claro, es eso!”. Ahora sí que estaba en problemas.

Aún así no debía ceder, no podía dejarme vencer por una siestita que, por lo general, no pasaba de las dos o tres horas; entonces decidí utilizar mis recursos de adormecimiento. Al comienzo fui Johnson, el mejor futbolista de la historia, que por cierto también era estrella de Rock, boxeador y hasta llegaba a ofrecer -si es que aún no me había dormido- gigantescos espectáculos callejeros atrayendo millones de fanáticos que observaban deslumbrados las proezas de aquel héroe del siglo XX. Pero aún no me dormía y mi gran personaje sucumbía al primer insignificante movimiento de mis pies, se iba junto con los rostros cada vez más borrosos de sus admiradores.

Parecía que, inexorable, el mundo real me alejaría de aquel imaginario espacio de la mente. Casi desesperado, me aferré a un delgado hilo de fantasía. Construí un mundo, llevé al máximo la inventiva y fui Dios, luego el Elegido (pero esta etapa duró poco, ya que no encontraba, para éste, cualidades más fantásticas que las del viejo Johnson). Luego creí que lo había logrado cuando, convertido en ave, las nubes rozaban mi cuerpo animal, “Estoy volando, siento el viento acariciando mi frente”. Sin embargo, lo que había estado acechando en la oscuridad, clavó sus uñas en mis alas y me arrastró a la terrible realidad que hasta esos instantes no percibía.

Cuando abrí los ojos, no me estremeció lo primero que sentí, sino lo segundo que oí: aquel viento en la frente no era otra cosa que un helado aire entrando por la ventana, absurdamente abierta de par en par. Posterior a este descubrimiento, un ruido de la calle quebrantó la noche y su silencio. A escasos metros de mi ventana escuche pasos tan claros como aterradores, luego susurros, corridas y el aceleramiento de un coche. Me dije “no hay nada que temer, lo que haya pasado ha ocurrido del otro lado de estas paredes”, “NO HA PASADO NADA”, “acá no ha pasado nada” me repetí, esta vez, con menos fe.

A continuación, lo peor: desde el otro extremo de la casa, un grito agudo cruzó el pasillo, la sala, y fue directo a mis tímpanos. Era una llamada desesperada de auxilio. El terror se apoderaba de mi raciocinio y comenzaba la pelea contra la muy insignificante probabilidad de que todo fuera sólo un sueño, una pesadilla. Pero de nada servía continuar pensando y perdiendo fracciones de segundos, “¡levántate, ahora!”, me ordené, tratando de infundirme valor. Por segunda vez escuché los gritos, que ahora venían acompañados de llantos desgarradores. De manera automática, reconocí que provenían de mi madre, “no puede ser”, pensé resignado.

Al salir de mi habitación encontré la casa destrozada. La confusión y el dramatismo dominaban la escena. Las ventanas estaban dobladas como goma; la mesa, las sillas, la puerta de calle, todo hecho pedazos. “¿Cómo fue que no escuche todo este desastre?”, “¡los tapones, esos estúpidos tapones de oreja!”. Mi cabeza no coordinaba nada, mi corazón se dilataba y mis pulmones se cerraban con cada grito de mi madre. Intenté avanzar, no pude. Mis pies parecían haberse endurecido de espanto. Al primer paso tropecé y fui a dar mi frente contra algún objeto. El golpe fue seco y estruendoso, el dolor imperceptible. No pude levantarme. Por alguna extraña razón había dejado de tener dominio sobre mis piernas. Debía cruzar los 10 ó 15 metros de la casa arrastrándome como pudiera.

Un líquido espeso y púrpura comenzó a caer por mi frente, dificultándome la visión. “Esto no puede estar pasando”, me dije, “la sangre se derrama”, “la siento caer por mi frente, pasar por mi boca, la veo en derredor, y sin embargo no existe dolor alguno”. Sin dejar de avanzar, llevé una mano hacia la herida para comprobar la gravedad. Sorprendido, hallé que todo se encontraba normal. Aún así, la hemorragia continuaba. No quería gritar, tampoco llorar, toda acción desmesurada sería inútil y agregaría más locura al asunto. Debía controlarme; lo importante era llegar a la habitación de mis padres, y ya casi lo lograba.

Cuando por fin estuve allí, inexplicablemente, pude incorporarme sin problemas. Mi madre, sentada de espaldas a mí, lloraba y profería incomprensibles palabras. Me acerqué un poco más pero continuaba inalterable en su estado, desentendida de mi presencia. Muy triste, toqué su hombro e intenté hablarle pero ella no contestó. Aferré mis manos con mayor fuerza, pero fue inútil, no reaccionaba. Caminé dos pasos más y me coloqué frente a ella. Entre sus manos descubrí un portarretratos, y en la foto, mi padre. Caí de rodillas y sujeté sus piernas. Ahora yo también lloraba, impotente hasta quedarme sordo. Ya no necesitaba comprender sus palabras . Espantado, lo entendí todo: se lo habían llevado.

Acto seguido, un zumbido desolador lo nubló todo y las imágenes desaparecieron. Entonces desperté.

La incertidumbre permanecía viva en mi estómago, subía muy dura por mi pecho y caía por mis ojos convertida en lágrimas de espanto. Saqué los tapones de mis orejas y corrí hasta la puerta de mi habitación. Abrí la puerta y los vi. Mis padres, con las camisetas de la selección Argentina, miraban la televisión. Me dijeron que había dormido como un ángel desde la siesta y que no habían querido despertarme para el partido inaugural del mundial ´78.

Las siguientes noches apenas pude dormir. Pasaba gran parte de las horas mirando por la ventana, escuchando alerta cualquier sonido. Todo había cambiado a partir de aquel sueño. Algo me angustiaba cada noche: el miedo.

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Esperaré por ti

11-M

Esperaré por ti

Yolanda:

Aún sabiendo que esto es un sueño y que en cualquier momento despertaré, te escribo. No quiero dejar pasar la oportunidad. Es tan hermoso hablar con vos, sentarme a tu lado y que me llenes de paz el alma. Ojalá sepas cuánto te amo, aunque no lo diga, aunque ahora mismo no puedas es-cucharme; te siento tanto, te necesito tanto…

Hay quienes dicen que la vida es una fantasía, que lo verdadero aparece cuando dormimos. Si esta teoría fuese cierta, yo sería la excepción a la regla ya que nada ha cambia-do para mí: también aquí, te sigo pensando. Y aunque ahora mismo podría estar volando en un cielo azul junto a palomas de mil colores, prefiero escribirte una carta, la más hermosa, la que siempre quisiste y nunca te dí. Por eso es necesario que todavía no me despiertes, que me des un poco más de tiempo para terminarla, que no me digas, como todas las mañanas “ya está bien, ya es hora, llegaremos tarde”, y me acaricies la espalda de esa manera mientras yo me doy vuelta y le robo unos minutos más al reloj y al amor que me regalas desde temprano.

Cuánto tiempo me quedará? Es curioso, no creo haberme ido a dormir tan cansado, seguro me estaré pasando. No quisiera llegar tarde, aunque, a decir verdad, no recuerdo muy bien que día es hoy. ¿Debo trabajar?, ¿será domingo? A ver… el lunes ya pasó, eso seguro. El martes también y el miércoles mucho más, porque fue cuando fuimos hasta ese parque que tanto le gusta a Patricia. Entonces debe ser jue-ves… ¿Es Jueves?; no, no puede ser, ese día lo recuerdo con claridad:

Como siempre, nos habíamos despertado tarde y tuvimos que salir corriendo de casa. Por poco perdemos el tren, lo recuerdo muy bien. Nos reíamos a carcajadas de nuestra pereza, de las lagañas todavía en los ojos.

Aquella mañana, mientras el tren se llenaba mucho más en cada parada, yo te contaba sobre ese documental que no quisiste ver. Te confesé que desde aquel día no podía borrar de mi cabeza esos fogonazos de explosiones, esas torres cayendo como castillos de naipes, tantas vidas, tanto odio en las venas del mundo… Pero vos no querías que hablara más de esas cosas, te hacía daño tanta crueldad. Me decías que pensara en cosas bonitas, en nuestra pequeña hija, en la nueva patria que nos abrazaba como a sus propios hijos. Yo te daba la razón, te besaba, acariciaba a nuestra hija y… algo más. También recuerdo un momento, un instante en el que quise tomar tu mano pero algo pasó. Repentinamente, nos fuimos alejando, tus ojos se abrieron tan grandes que sentí terror; sin poder detenerme fui cayendo, lentamente, mientras te perdía de vista y todo se oscurecía.

Luego, no recuerdo más. Luego, sólo estoy aquí, con más ganas que nunca de despertar y volverte a ver, encontrar otra vez tu mirada pequeña y sin el temor que habíamos sentido. No sé cuánto tiempo más estaré aquí, sentado en este banco de estación.

Yolanda, el día se oscurece y se encienden las luces, de-berías verlo, parecen frágiles velas, miles de velas que lo iluminan todo. Y ahora llueve, como sólo puede llover en Madrid; como el llanto de un niño que ha perdido su juguete preferido, un niño que llora como yo, sin entender qué ha pa-sado.

Yolanda, aunque quisiera que estuvieras conmigo, algo me dice que debo seguir solo, como todos los que están aquí, soñando lo mismo, escribiendo cartas mientras esperamos despertar. Sé que entenderás, dure lo que dure. Aquí esperaré por ti.

A Rzaca Patricia (siete meses de edad) y su padre Rzaca Wieslaw ( 34 años de edad), asesinados en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. FOTO

Rzaca Yolanda viajaba con su hija y marido pero ella logró sobrevivir a pesar de las heridas.

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El Arte de Bañarse

Baño

El Arte de Bañarse

Bañarse puede llegar a ser una obra de arte si se tienen los cuidados necesarios y la sensibilidad suficiente; la que de repente aparece y nos convierte en artistas sin que siquiera seamos concientes de ello.

Sin embargo, y penosamente, la mayoría de las personas toma el bañarse como una tarea cansadora, como un mal necesario o una pérdida de tiempo. Nadie se compromete; son esquivos a la causa, desapegados. Llegan a la ducha tristemente, por inercia, como si los pasos fueran la resultante de un cálculo matemático. Todo es tan técnico y rutinario que terminan frivolizando lo que debería ser un encuentro con los sentimientos.

A veces, me da gracia imaginar a las personas como robots, programados de acuerdo a la estación del año: en invierno giran 90 grados la fría y 160 la caliente; en verano, invierten los valores, ni un grado más ni un grado menos. Sí, me da mucha risa pero también un gran pesar. Uno quisiera entrar a sus casas con una pizarra y delantal blanco, enseñarles durante las horas que fueran necesarias, y sin importar el agua que se pierda, las tres reglas del arte de bañarse:

PRIMERA REGLA: Factores externos.

Cada baño es un mundo aparte y somos nosotros los creadores de las condiciones. No deberían preocuparnos el perfume de las flores en primavera, la tristeza de los árboles en otoño, el calor agobiante del verano ni la soledad del invierno…

Pero sería tan difícil enseñar estas cosas… Uno tendría que combatir contra costumbres de antaño, contra prejuicios y fantasías psicosociales, como por ejemplo -y perdonen la expresión pero hay que decirlo- la conocidísima frase: “Sacate la calentura con un baño”. Lo dicen así, sin remordimientos. Y el pobre muchacho lo hace, claro, porque así se lo han enseñado. Y pasa horas bajo la ducha, malgastando agua, acicalándose enérgicamente como un gato. Es realmente lamentable.

SEGUNDA REGLA: Cadena de eslabones.

Es fundamental tener presentes cada uno de los objetos que he de enunciar ya que la falta de cualquiera de ellos ocasionaría el justificado aborto de la tarea en cualquier etapa en la que nos encontremos:

A- Colocar radiograbador (funcionando a pilas) sobre la tapa del inodoro (por lo general están ubicados en los rincones, esto es una ventaja ya que la acústica será inmejorable), e introducir un cassette (preferentemente con cinta de cromo), conteniendo una selección de canciones que hemos de grabar previamente.

B- Silla plástica, estilo jardín. Debe estar a 40 centímetros de la bañera o de nuestro cuerpo. Sobre ella, ubicar entre dos y tres botellas de bebidas, comestibles salados y dulces; un buen libro, lápiz y papel, revistas, cigarrillos, sahumerios, velas y un reloj despertador. Aclaración: si la bebida elegida fuera vino, va a ser necesario un sacacorchos y una copa (caso contrario tomar del pico).

C- Apagar el teléfono celular, desenchufar el teléfono de línea y el portero eléctrico, cerrar las ventanas, bajar la térmica, alimentar a la mascota y en la habitación más lejana a nuestra ubicación encerrar a la familia (también a la mascota).

TERCERA REGLA: Consumación del hecho.

Como toda obra de arte, un buen baño debe comenzar de manera espontánea, sin pensar en “primero esto”, “segundo aquello”. A partir de ahora, todo es improvisación. Un florecimiento de la creatividad, un dejarse llevar por lo que el corazón dicte. Por ejemplo, no sería mala idea arrancar hojeando el libro mientras abrimos el agua fría y ese chorro helado en la espalda que arde como… y nos inspira a tomar el lápiz y el papel para anotar tan singulares insultos. Luego, vendría la graduación paulatina , la satisfacción. No debemos sorprendernos si repentinamente nos nacen unas ganas locas de premiarnos por tal valentía, tal vez con un bocadito dulce, un trago de vino y luego, sí, la reflexión necesaria, el aprendizaje constante: “Después de la tormenta, sale el sol”, “No hay mal que por bien no venga” y hasta tal vez decidamos coronar el buen momento con una canción, al unísono con la voz del radiograbador: “Todo concluye al fin, nada puede escapar…” (esa es mi preferida).

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La Ciudad Respira

La Ciudad Respira

La Ciudad Respira

Me gusta la ciudad cuando todos han salido de sus trabajos y vuelven a casa en una vertiginosa carrera. Cadetes, oficinistas, secretarias. Todos huyen en estampida, como atletas, sorteando obstáculos y competidores menos veloces.

Y es inevitable que, en esos momentos, uno se sume a la competencia y comience a esquivar perezosos y pequeñas ancianas. Aunque sea imperceptible, la ciudad tiene ese poder de transformarnos. Nos convierte, sin darnos cuenta, en un rebaño de ovejas saliendo de un corral, disputando el pasto más verde o el lugar más ventilado del camión.

Sin embargo, a veces uno se da cuenta de estas cosas y decide apartarse del resto. Esperar a que las calles se despoblen y los ruidos desaparezcan. Son apenas unos minutos, las últimas ráfagas de los que apagan las luces y cierran las ventanas de las oficinas.

Solo a esas horas, cuando la tarde oscurece y cae detrás de los viejos edificios; cuando ya se distingue el borde de la luna como una aguja brillosa; solo entonces, se puede escuchar a la ciudad, realmente respirando.

Su sonido es maravilloso, necesario. Un coro de susurros lejanos que recorre calles y avenidas. Sin darnos cuenta nos envuelve por la espalda, nos besa en la frente mientras nos abraza. Su efecto es instantáneo: un enamoramiento abrumador, solo entendido en letras de tango.

La ciudad respira mientras sus enamorados la recorren: taxistas, vagabundos, buscadores de esperanza, prostitutas, borrachos, escritores; persiguen el perfume que va dejando a su paso, buscan su cara en todas las esquinas, la última caricia antes de que la noche termine.

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Ellos

Los años

Ellos

Justo ahora que todo huele a hojas de bosque; ahora que es armonía; que por la ventana entra un vientito tan cálido y juguetón; que la noche está violeta y en cualquier momento caerá la lluvia; justo ahora, cuando éste minuto parecía eterno y me había olvidado de ellos por un instante…

Pero la carrera nunca termina. No se puede descansar. Las calles ya no son de chocolate, se han derretido y el Chapulín Colorado no nos salvará porque también sobre él han caído. Ellos ya han hecho su miserable trabajo y no hemos podido esquivar el pelotazo. Fue duro. De repente nos hicieron crecer, con la incertidumbre, con lo inevitable, con el –“No te pierdas”, -“No me perderé”. Pero era imposible no perderse, olvidar las promesas, morder el suelo y bañarse en llanto, llenarse el alma de amaneceres y miedos; luego despertar y ser los mismos, doblegados, casi vencidos. Pero rendirse siempre era una opción que nadie nos había dado. Tuvimos que bajar la cabeza, continuar.

Y mientras tanto ellos seguían allí, burlándose de nosotros. Enmascarados, tratando de persuadirnos, comprarnos, alquilarnos; queriendo llevarse nuestra identidad y nuestros pequeños sueños; planeando hacer de nosotros tristes objetos para usos varios: oficinistas de mate con edulcorante, padres de mal humor, esposos infieles, chantas, charlatanes, ciudadanos ejemplares…

En fin, los años nos persiguen. Será mejor no quedarnos quietos.

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El camino de regreso

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Futuro Incierto II

¿Encontraría a La Maga?

Marcos tiene un sobre, lo ha traído en sus manos durante todo el viaje. Lo ha observado, lo ha presionado con fuerza. Cualquiera que lo viese, protegiéndolo de esa manera, no podría dejar de pensar que allí guarda algo de un enorme valor, un gran cheque o el mapa a un tesoro perdido.

Y el tren no deja de avanzar en la noche tormentosa. El ruido ensordecedor de ruedas y rieles se interrumpe de a ratos por uno mayor: el estallido de relámpagos cayendo como bombas en los alrededores.

Pero a Marcos no le interesa pensar en estas cosas, el sobre es lo único importante. Siente deseos de abrirlo, lo hace nerviosamente. Se distinguen dos hojas de papel, una blanca, arrugada, vieja, otra celeste, mucho mejor conservada. Marcos se decide por la primera pero inmediatamente lo aborda el temor, pequeño, soportable, pero temor al fin, una incertidumbre previa ante cualquier acto de envergadura. Trata de relajarse y estira su cuerpo hasta donde puede. Cierra sus ojos, quisiera pensar en otra cosa pero es inútil, una vez más, el recuerdo de La Maga lo rapta como un espíritu que vaga buscando un cuerpo del que apropiarse, y él no puede más que dejarse llevar.

La primera imagen llega a su cabeza, nítida, intacta, perfecta, como si los años no hubieran pasado, como si una parte de su cerebro estuviera reservada exclusivamente para ella:

Es una madrugada de verano, muy húmeda y calurosa, apenas un suspiro de viento y el resplandor azul entrando por la ventana, gravitando en el cuerpo desnudo de La Maga, que a esas horas dormía.

Marcos se pregunta cuánto ha pasado desde aquellos días, pero no lo sabe con precisión. De lo que no tiene dudas, ninguna duda, es del día en que la conoció. Era una mañana gris en la orilla del mar. Se sentaron en la arena y no pararon de hablar. Él le contó que pasaba unas vacaciones en esa ciudad. Ella lo escuchaba sin apartar la vista de esa mirada que le resultaba tan familiar, estaba segura de haber cruzado esos ojos en la multitud y haber tenido la misma sensación que ahora, una soledad demasiado pesada.

Se despidieron apenas por unas horas que fueron eternas. La noche los volvió a encontrar, esta vez en un diminuto departamento. Se amaron por primera vez, en silencio, con calma, guardando en la memoria aquel sabor irrepetible que nace con eso que llaman “amor”. Aquella noche, la soledad que los había cruzado como a perros de la calle, pareció morir en esa habitación.

A partir de aquel día ya no pudieron pasar demasiado tiempo separados. Marcos siempre volvía. Pasaban los días encerrados, no importaba otra cosa, nada que les demandara salir de los límites de la cama. A veces hasta llegaban a rodearla de provisiones, allí comían, reían, lloraban, jugaban, fumaban, leían incansablemente Rayuela, escuchaban a Sabina y las horas se escapan tan de prisa que dolían.

Pero Marcos no quiere pensar más, no lo soporta. Camina y se detiene entre dos vagones, abre una puerta, observa la noche. La tormenta ha pasado y en su lugar se distingue un cielo despejado y un viento que estremece su pecho. Necesita llorar aunque no lo admita, despojarse de la tristeza y tal vez así ordenar sus pensamientos, como si se tratase de expedientes pendientes de archivo. Enciende un cigarrillo y retoma el sobre. Saca la hoja blanca y, esta vez sí, se atreve a leer:

España, 15 de abril.
En este momento te estarás haciendo muchas preguntas.Tal vez debí escribirte antes, tal vez no sea el momento. No lo sé. Sólo te escribo.Quiero saber cómo has estado, si has llegado por fin al cielo de la Rayuela; ojalá que sí. Aquí los años más difíciles han pasado, para qué lamentarse. Ayer conocí el Mediterráneo, es cristalino y muy hermoso pero aún sin comparación con el agua de Mardel, tan triste y oscura. Siempre te recuerdo ahí, preguntándome qué veías en el horizonte… ¿has vuelto? Saludálo por mí. Maga.

Marcos guarda la hoja, piensa en la pregunta ¿Que si alguna vez había vuelto? ¡Tantas veces! La excusa siempre había sido ver el mar, descansar, pero en realidad era otra cosa, algo menos romántico. Tal vez, lo que en el fondo buscaba era eso: el fondo, hundirse, ahogar su corazón y su alma, morir por dentro lentamente, reprocharse en cada mesa de bar y frente a cada botella de alcohol no haberla seguido ni haberle pedido que se quedara con él. Ahora pagaba el precio de su cobardía, recorría la ciudad, la buscaba en cada rincón en donde hubiera habido un beso, se envenenaba con aquel sabor que alguna vez fue dulce. La esperaba aún sabiendo que no vendría, aún sabiendo que un océano perverso se la había robado, llevándola muy lejos.

Y el tren por fin llega. Piensa en tomar un taxi pero decide continuar a pie. El trayecto es corto y el amanecer no está nada mal. Camina por la ciudad reconociéndola algo distinta. Había dejado pasar un tiempo sin volver, algunos años tratando de recuperarse de los efectos Maga, del fantasma Maga, de la ciudad Maga.

A unas cuadras, distingue el mar y el sol saliendo pequeño en la inmensidad. Ya en la arena, escoge una escollera en particular y allí se sienta. Toma el sobre y lee la carta más reciente, la celeste:

España, 22 de diciembre.
Marcos, acabo de leer tu última carta.
Yo también lamento todos estos años. Sin embargo, estar aquí me ha enseñado que todo tiene una causa. A veces el tránsito es duro pero al final todo llega. La vida es como un mar y nosotros, sus olas. Pero hoy el viento ha cambiado nuestra dirección y ahora cuento los días (7) y las horas (13) que me separan de la playa en la que quiero estar. Espero encontrarte y que este futuro incierto continúe desde donde lo hemos dejado. Maga.

Marcos dobla la hoja y la guarda. Mira su reloj, es la hora pactada. Se pregunta si acaso encontrará a La Maga, y la respuesta no se hace esperar. Allí la ve, confundida con la luz de la mañana. Como un sueño repetido, como una visión, encuentra a La Maga corriendo hacia él.

El próximo avión que tomes conmigo lo tendrás que hacer,
y el camino de regreso yo te lo recordaré.
Yo te lo recordaré.

Ismael Serrano
Amo tanto la vida

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