
Pongamos que hablo de Madrid
Nunca me subí a un avión. Y todavía me cuesta creer que en unas horas más voy a cumplir un gran sueño. Por eso estos días y momentos previos están llenos de hermosos recuerdos y nostalgias.
Cuando uno mira hacia atrás se da cuenta de dos cosas. La primera es que los años pasan muy rápido y la segunda es que, aunque a veces no parezca, todo ha salido bastante bien. Pero esto no es casualidad, es, quizá, gracias a eso que Coelho muy bien describió en el Alquimista: “El universo conspira para alcanzar los deseos…”.
Esta felicidad quiero compartirla con dos personas. Pablo, camarada y hermano de la vida, por los bares, los cafés, la amistad y las Revoluciones en las que imaginábamos a Madrid como la ciudad donde cumplir los grandes sueños. Aunque no pueda venir, va a estar conmigo. Verónica, ¿qué puedo decir?, gracias por volver, por el amor que ahora hace realidad lo que te dije cuando bajaste del avión: “El próximo avión que tomes conmigo lo tendrás que hacer”. Gracias por empujarme cuando me quedo, por mostrarme el camino cuando parece que el mundo se viene abajo y gracias por aguantar cuando en las noches se me da por llenar la casa de humo.
Amigos, lectores, camaradas, nos volveremos a leer en un mes, prometo crónicas del viaje. Mientras tanto les dejo estos textos, viejos y mal redactados. Abrazos.
Quédate
Quédate,
deja esa maleta en paz,
saca a soledad de allí,
escucha a tristeza, no quiere huir,
mira como has arrugado a utopía,
pobre locura, que apretada está,
sal inspiración,
no llores pequeña alegría.
Quédate,
deja esa maleta en paz,
alma no cabe allí,
amistad quiere salir, camarada también,
no me dejes sin justicia,
no me quites la memoria.
Quédate,
deja esa maleta en paz,
no dobles a melancolía,
no manches la poesía,
no seas cruel,
deja al menos a esperanza y fe.
Quédate,
adonde irás,
jamás podré olvidarme de ti,
no te vayas, piénsalo mejor,
este es tu lugar, joven soñador.
El destino de las aves
En Buenos Aires, el mes de agosto suele ser bastante llevadero. El invierno va terminando y la debilidad del sol alcanza para entibiar los ánimos de quienes buscan en plazas frías algo de verde y cielo abierto. Todo marcha a una velocidad inapreciable, en un suspiro pueden ocurrir los sucesos más sorprendentes y al segundo siguiente volverse anónimos de la misma manera. Pero hay algo de lo que no quiero olvidarme, algo que me remonta varios años atrás, en un mes como éste.
Pasadas las 16 horas de aquel viernes, la llovizna comenzó a caer tímidamente y junto a ella, una niebla espesa. En unos pocos minutos la ciudad y el río se cubrieron con un manto blanco y helado. Aquel día, la tormenta no se desataría hasta entrada la noche, el cielo aún mantendría en los brazos su pesada carga de agua.
Mientras todo esto ocurría, nuestro amigo observaba el paisaje invernal desde el ventanal de su oficina. Guardaba en su memoria detalles que algún día recordaría con nostalgia. Parado allí, su imagen parecía recortada de una revista de veraneo en la que un muchacho observa perplejo el crepúsculo desde la cima de una montaña. Nos acercamos en silencio. Sus ojos negros y vivaces se mantenían posados en el horizonte como marcando un camino, una nueva ruta.
No tardó mucho en advertir nuestra presencia. Las palabras sobraban o tal vez por temor no las dijimos, su ausencia no sería un recuerdo más, no sería algo que el viento o el insostenible paso del tiempo se llevan.
A las 19 horas nuestro amigo fue el último en cruzar la puerta y salir del edificio. Solitario y anónimo, tal como había llegado un día, así quiso irse. Afuera, la ciudad lo esperaba para conducirlo hacia un nuevo camino.
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